«Pa mí.
—Sí, para ti estaba»—dijo, riendo la Sanguijuelera, guardándose la moneda con más viveza que un prestidigitador.
Mariano miró a su hermana, la cual, compadecida, echó mano a la faltriquera, y sacando dos pesetas dióselas al chico.
«Para ti..., pero con la condición de que has de contarme lo que has hecho en todo este tiempo, cómo caíste enfermo, cómo has vivido, quién te ha dado de comer...».
Con gran prontitud se guardó Pecado su dinero, y alzando los hombros y echando de sí un enorme suspiro, pronunció torpemente estas palabras:
«Yo... de aquellas cosas que pasan..., lo cual que me vi solo, y... no me ha pasado nada.
—Nos hemos enterado.
—Tiene seco el entendimiento—indicó la Sanguijuelera—. La calentura le abrasó los sesos. Dice el señorito Miquis que le dé baños en el río. Oye tú—añadió alzando la voz, como cuando se habla con un sordo—: ¿quieres trabajar, quieres volver al taller del Sr. Bou?».
Como si nada oyera, Mariano se levantó desperezándose, y dijo:
«Me voy.