—Alto ahí, amiguito—replicó Encarnación siguiéndole—. Has de arrastrar una calza como los pollos. No saldrás sin mi compañía».

Pero Mariano no le hacía caso y salió. La vieja fue detrás de él, gritando:

«Aguarda, aguarda, mala sangre. No creas que te me escapas. Yo también tengo buenos remos».

Al quedarse sola, Isidora estuvo largo tiempo pensando en su infeliz hermano, y decía:

«¡Imbécil, imbécil!... Así no sentirá nada... Y yo, cada vez con más talento para pensar, para comparar... ¡Qué desgraciada soy, y él qué feliz!».

—III—

Tres días después volvió Mariano solo. Parecía más ágil, más despabilado, más dueño de su pensamiento y de su palabra.

«¿Vienes solo?—le preguntó Isidora, asombrada de que no le acompañara su tía.

—Solito.

—¿Y tu tía Encarnación?