—Burra... no estalla mientras no se le enciende la mecha. Este es para esta noche. Anoche puse uno en la puerta de la casa del duque, y cuando reventó cayeron todos los cristales de dos casas.

—¿Y te ocupas en eso? ¡Bárbaro!... No lo digo porque me importe nada que el palacio del duque salte en cuatrocientos mil pedazos. Yo pondría, si pudiera, un petardo tan grande, que levantara hasta el cielo todos los palacios de esa gente egoísta que nos quita lo nuestro.

—Lo pondremos—replicó Mariano, haciendo de la malignidad y de la estupidez una sola expresión.

—Pero eso es juego de chicos... Es como armar guerra con cohetes en vez de hacerla con cañones. ¿Qué resulta? Que suena mucho, que se asustan los que pasan, que se rompen dos cristales, que se caen algunas personas, y nada más. ¡Simplezas y pamplinas!

—Pondremos uno de este tamaño—dijo Pecado, expresando con la distancia de una mano a otra la grandeza de sus planes de petardista—. Hay en Madrid mucho pillo. Ellos guardan todo el dinero que debía ser para nosotros, ¿eh?

—Lo de menos es que guarden el dinero. Lo peor es que nos quitan nuestro nombre, nuestra representación social; nos meten en calabozos inmundos, nos martirizan, y entretanto ellos gozan y se divierten con lo que roban. El mundo está perdido. Si no sale alguien que le vuelva del revés y ponga lo de arriba abajo y lo de abajo arriba...

—Lo de abajo arriba y lo de arriba abajo—repitió Mariano con el gozo de quien ha encontrado la fórmula de un pensamiento que no ha sabido expresar—. ¿Sabes?... ¡Cosas que pasan! Ayer he visto al señorito Melchor en coche de dos caballos. Iba con dos señoras, dos tías, ¿eh?, y un caballero. Parecía un marqués.

—No le nombres delante de mí—dijo Isidora cerrando los ojos.

—¡Cuánto ha robado!—exclamó el muchacho con cierta efusión—. ¡Y nosotros tan pobres..., porque somos buenos, porque no robamos!

—¡Oh!—exclamó Isidora sintiendo un nudo en la garganta—. Dios nos protegerá. Las persecuciones, los martirios, son nuestras coronas por ahora...; pero esto ha de cambiar. ¿Quién sabe lo que pasará el mejor día? Yo he leído que los soberbios serán humillados y los humildes ensalzados».