—Entonces...

—Su padre de usted, Tomás Rufete, era un hombre ligero, de costumbres desordenadas. Le conocí, le tuve de escribiente. Muchas veces le presté dinero que no me devolvió; pero esto no hace al caso ni ese es el camino...

—¡Mi padre!... ¿Usted está seguro de que era mi padre?—exclamó Isidora sacando fuerzas no se sabe de dónde—. Estas cosas no se pueden apreciar así, señor mío.

—¿Pues no se han de poder apreciar, señora mía? Yo me contento con decir que la casa de Aransis no ha tenido parte mínima en echarla a usted al mundo. Dos chicos nacieron de una señorita desgraciada...

—¿Usted la conoció?—dijo Isidora con energía apelando a un recurso de gran efecto.

—Sí.

—¿Me ha mirado usted bien?».

Muñoz y Nones, que ya la había mirado bien, consecuente con la dulce afición declarada por Miquis, la volvió a mirar.

«En efecto—dijo sonriendo—, es usted muy guapa.

—¿Y no halla usted semejanza...?