—En la Naturaleza—replicó Muñoz muy serio—se observan fenómenos de semejanza... Sin embargo, usted y Virginia sólo se parecen como dos mujeres hermosas. El cabello..., efectivamente. En los ojos hay algo..., pero no, no es tal la semejanza que pueda inducir a suponer parentesco».
Isidora no pudo contener su dolor. Se echó a llorar.
«Aunque se aflija, para mí la verdad es lo primero. No hay semejanza ni ese es el camino.
—¡Oh! Señor Muñoz—dijo ella con extraordinario énfasis—; si usted en esto que me dice, en esto que hace, no procede de buena fe, declaro que es usted el hombre más malo, el mayor monstruo...
—Crea usted lo que quiera. ¿Tengo yo fama de monstruo?
—No, no. Diré a usted...».
Impaciente, inquieta en su asiento, como si por todas partes estuviese rodeada de púas, movía los brazos queriendo expresar con ellos una convicción más enérgica que la que expresaban los labios.
«De modo que según usted, según usted, señor Nones, yo soy, yo soy... una cualquiera.
—Según lo que usted entienda por una cualquiera. Lo que yo afirmo es que al declararse usted sucesora de la casa de Aransis, ha sido víctima de un gran engaño. Las indagaciones que hemos hecho nos han llevado a averiguar que el autor de esa execrable comedia fue Tomás Rufete, logrando engañar primero a D. Santiago Quijano y después a su hija...
—¿Conoció usted a mi tío el Canónigo?