—Muy mal, muy mal.

—¿He perdido mucho? ¿No me respondes? He estado muy mala, ¡qué puño!...».

Miquis no dijo nada. La sorpresa que le causó la voz ronca de Isidora, y más que la voz oír algunas expresiones que de la boca de ella se escaparon, túvole perplejo y mudo por breve rato.

«Te encuentro muy variada; tú no eres Isidora.

—Te diré... Yo misma conozco que soy otra, porque cuando perdí la idea que me hacía ser señora, me dio tal rabia, que dije: «Ya no necesito para nada la dignidad, ni la vergüenza». ¿Tú te enteras?... Por una idea se hace una persona decente, y por otra roía idea se encanalla. Pero no creas, todavía hay algo en mí que no perderé nunca, algo de nobleza, aunque me esté mal el decirlo... Mira tú, chavó, qué quieres..., el aire hace a la persona. He vivido tres meses entre perros de presa. No te asombres de que muerda alguna vez...

—Sí, esa voz, esas expresiones, ese acentillo andaluz... Dime, ¿qué es lo que te queda de nobleza?

—No sé, no sé...—dijo Isidora aturdida, cual si registrara en su corazón y en su pensamiento—. Me queda el delirio por las cosas buenas, la generosidad... ¿Sabes? Ayer no tenía más que dos duros; esta mañana vino una amiga a llorarse aquí..., total, que quedé sin un cuarto.

—¿Necesitas algo?»—dijo Augusto llevándose la mano al bolsillo.

Y sacó algunas monedas. Mirolas Isidora con codicia, alargó su mano hacia la mano de Augusto... De repente se contuvo diciendo:

«No; todavía soy noble.