«¿Pero qué haces, mujer? ¿Te has vuelto loca? Estás enferma y te levantas así...
—¿Enferma yo?—dijo Isidora echándose a reír con descaro—. Usted sí que lo está, de la cabeza, lo mismo que ese tonto de Miquis. Yo estoy buena y sana.
—¿Pero a dónde vas?
—A la calle.
—¡A la calle! ¿Y qué vas a hacer en la calle? ¿Necesitas algo? Yo saldré.
—Ea, ea, no sea usted majadero. Acuéstese usted, duerma si tiene sueño, y déjeme a mí, que yo sé lo que tengo que hacer. No dependo de nadie, ¿estamos? Soy dueña de mi voluntad, ¿estamos?».
La determinación firme que revelaban estas palabras llevó al bendito D. José a las más elevadas regiones del pasmo, del aturdimiento, de la confusión. Antes que él pudiera decir algo, Isidora prosiguió de este modo:
«Me fastidia usted con su preguntar, con su entremeterse en todo, con sus cuidados tontos...».
Cada palabra era como un golpe de maza en el bondadoso corazón de Relimpio, el cual, a punto de romper a llorar, se incorporó en el macizo lecho y habló así:
«Hija mía, yo te quiero más que a las niñas de mis ojos. Me intereso por ti, por tu bien, y no quiero que hagas disparates, ni que te pase mal alguno...