—Yo también le quiero a usted; pero... vamos, deseo ser libre y hacer lo que se me antoje, sin que usted venga con sus mimos, ¿estamos?
—Todo sea por Dios—dijo Relimpio, conociendo que había llegado la ocasión de mostrar energía—. Sospecho que vas a mala parte, sospecho que te perderemos para siempre, y no te puedo abandonar, no; tú eres lo que más amo, te quiero más que a mis hijas, porque te quiero de dos maneras, como padre y como..., en fin, yo me entiendo. Si, como sospecho, quieres perderte, quieres infamarte, no lo consentiré mientras tenga un aliento de vida; primero te rogaré, te suplicaré aunque me sea menester ponerme de rodillas delante de ti».
Hallábase tan acongojado, que la frase se le retortijó en la garganta, y juzgando que más que las palabras serían elocuentes las actitudes, se hincó delante de su ahijada, y le tomó las manos para besárselas, y luego que pasó un rato en estas mímicas, conmovidos ella y él, pudo articular Relimpio estas palabras:
«Niña mía, no des ese paso, detente...
—¡Qué desgracia!...—murmuró ella llevándose la mano a los ojos, como para disimular una lágrima—. ¿Y quién me va a mantener?
—¡Yo!—exclamó Relimpio dándose un golpe tan fuerte en el pecho que este resonó en hueco como una caja.
—¡Usted!... ¡Ay, qué gracia! ¡Si usted más está para que le mantengan que para mantener!
—Trabajaré.
—Sí, y comeremos cañamones... Padrino, padrino, déjeme usted en paz; no se meta usted en mis cosas... Yo vengo pensando hace tiempo lo que debo hacer; he tomado un partido, y ya no me vuelvo atrás».
El anciano había vuelto al sofá, donde estaba reclinado, sin fuerzas para seguir adelante en la lucha.