—Su gusto de usted, señora, se amoldará al gusto mío. Eso se lo enseñará a usted mi secretario, que es una vara de fresno.
—¡A mí tú!—exclamó ella con brío, deteniéndose y mirándole.
—No hagas caso... Te quiero como a la Medicina... Haz de mí lo que gustes...
—Eso ya es otra cosa...
—Cuando nos casemos, como yo he de ganar tanto dinero, tendrás tres coches, catorce sombreros y la mar de vestidos...
—¡Si yo no me caso contigo!...»—declaró la joven en un momento de espontaneidad.
Había en su expresión un tonillo de lástima impertinente, que poco más o menos quería decir: «¡Si yo soy mucho para ti, tan pequeño!».
«Falta saberlo. Te casarás por fuerza. Te obligaré. Tú no me conoces. Soy un tirano, un monstruo, un Han de Islandia; beberé tu sangre...
—¿Qué es eso de Han de Islandia?—preguntó ella en su prurito de ilustrarse.
—Han de Islandia es berenjenas. Déjese usted de sabidurías. Coser, planchar y espumar el puchero.