«Señores—dijo seguidamente y con cierto enfado la lumbrera de la Administración, enojo que podría atribuirse á sus proyectos marquesiles,—por mucho que se hayan prodigado los títulos de nobleza, no creo que estén ahí para que los tomen los chocolateros. Pues no faltaba más...

—Amigo Onésimo—objetó el Marqués con flemática ironía,—yo creo que están para el que quiera tomarlos. Si D. Pepe no tomó el título de Marqués de Casa-Roch, fué porque su hijo se opuso resueltamente á caer en esa ridiculez hoy tan en boga. Es hombre de principios.

—¡Oh! sí—exclamó el hombre administrativo, en quien las instituciones venerandas tenían siempre poderoso apoyo.—Por lo común, estos sabios que tanto manosean los principios en el orden científico, carecen de ellos en el orden social. No faltan ejemplos aquí. Yo creo que todos los sabios son lo mismo. Ya hemos visto cómo gobiernan el país cuando éste ha tenido la desgracia de caer en sus manos. Pues lo mismo gobiernan sus casas. En la vida privada, señores, los sabios son una calamidad, lo mismo que en la pública. No conozco un sabio que no sea un tonto, un tonto rematado.

—Aquí no salimos de paradojas.

—Es la verdad pura.

—Vivimos en el país de los viceversas.

—No exageremos, no exageremos, señores—dijo el Marqués removiéndose y tomando el tono particularísimo que reservaba para su protesta favorita, que era la protesta contra la exageración.—Aquí abusamos de las palabras, y calificamos á los hombres con mucha ligereza. La envidia por un lado, la ignorancia... ¿Qué, qué hay?»

Esto lo dijo interrumpiendo su discurso y mirando con expresión de miedo á un criado que hacia los tres avanzaba apresuradamente.

«La señorita llama á Vuecencia. Está mala otra vez.

—Vamos, mi hija está hoy de vena—dijo el Marqués de mal humor, levantándose.—Ustedes me preguntarán que qué tiene Pepa, y yo les diré que no lo sé, que no sé nada absolutamente. Voy á verla.»