Se dió dos palmadas en el pecho.

«Hombre, sea usted todo lo católico que quiera—dijo Fúcar riendo con menos estrépito, ó si se quiere con cierta tendencia á la seriedad.—Todos somos católicos... Pero no exageremos... ¡Oh! la exageración es lo que mata todo en este país. Dejemos á un lado las creencias, que son muy respetables, pero muy respetables. Yo veo en León un hombre de mucho, de muchísimo mérito. Es lo mejor que ha salido de la Escuela de Minas desde que ésta existe. Su colosal talento no conoce dificultades en ningún estudio, y lo mismo es geólogo que botánico. Según dicen, todos los adelantos de la Historia natural le son familiares y es un astrónomo de primera fuerza.

—¡Oh! León Roch—exclamó Cimarra con el tono de hinchazón protectora que toma la ignorancia cuando no tiene más remedio que hacer justicia á la sabiduría,—vale mucho. Es de lo poco bueno que tenemos en España. Somos amigos, estuvimos juntos en el colegio. Verdad es que en el colegio no se distinguía; pero después...

—No me entra, repito que no me entra; no le puedo pasar...—dijo Onésimo como quien se niega á tomar una pócima amarga.

—Mire usted, amigo Onésimo—indicó el Marqués en tono solemne,—no hay que exagerar... La exageración es el principal defecto de este país... Eso de que porque seamos católicos condenemos á todos los hombres que cultivan las ciencias naturales, sin darse golpes de pecho, y se desvían... yo concedo que se desvían un poco, mucho quizás, de los senderos católicos... Pero ¿qué me importa? El mundo va por donde va. Conviene no exagerar. Para mí la falta principal de Leoncillo... yo le conozco desde que era niño: él y mi hija se criaron juntos en Valencia... pues su gran falta es comprometer su juventud, su riqueza, su porvenir en ese enlace con una familia desordenada y decadente que le devorará sin remedio.

—¿Es rico León?

—¡Oh! ¡mucho!—exclamó Fúcar con grandes encarecimientos.—Conocí á su padre en Valencia, el pobre D. Pepe, que murió hace tres meses, después de pasarse cincuenta años trabajando como un negro. Yo le traté cuando tenía el molino de chocolate en la calle de las Barcas. La verdad es que en aquel tiempo el chocolate del Sr. Pepe era muy estimado. Me acuerdo de ver entonces á León tamaño así, con la cara sucia y los codos rotos, estudiando aritmética en un rincón que había detrás del mostrador. En Navidad vendía D. Pepe mazapanes... ¡Pero si los ha vendido hasta hace quince años... y no hace treinta que trasladó su industria á Madrid...! Después que tuvo capital, entróle el afán de aumentarlo considerablemente. ¡Oh! es incalculable el dinero que se ha ganado en este país haciendo chocolate de alpiste, de piñón, de almagre, de todo menos de cacao. Estamos en el país del ladrillo, y no sólo hacemos con él nuestras casas, sino que nos lo comemos... El Sr. Pepe trabajó mucho, primero á brazo, después con aparato de fuerza animal, al fin con máquina de vapor. Resultado (el Marqués de Fúcar se alzó su sombrero hasta la raíz del pelo): que compró terrenos por fanegadas y los vendió por pies; que el 54 construyó una casa en Madrid; que se calzó los mejores bienes nacionales de la huerta; que negociando después con fondos públicos aumentó su fortuna lindamente. En fin, yo calculo que León Roch no se dejará ahorcar por ocho ó nueve millones.

—Lo mejor de la biografía—dijo Cimarra sentándose junto á sus dos amigos,—se lo ha dejado usted en el tintero. Hablo de la vanidad del difunto D. Pepe. Lo general es que estos industriales enriquecidos, aunque sea envenenando al género humano, sean modestos y no piensen más que en acabar tranquilamente sus días viviendo sin comodidades, con los mismos hábitos de estrechez que tuvieron cuando trabajaban. Pero el pobre señor Pepe Roch era célebre hasta no más. Su chifladura consistía en que le hiciesen Marqués.

—Diré á ustedes—manifestó gravemente el de Fúcar, cortando con un gesto de hombre superior esta tendencia á las burlas.—D. José Roch era un infeliz, un hombre bondadoso y simple en su trato social. Le conocí bien. Él haría chocolate con la tierra de los tiestos que tenía su mujer en el balcón, según decían las malas lenguas del barrio; pero era un buen ganapán, y tenía en tan alto grado el sentimiento paterno, que casi era una falta. Para él no había en el mundo más que un sér, su hijo León: le quería con delirio. Tenía por enemigo declarado al que no le diese á entender que León era el más guapo, el más sabio, el primero y principal de todos los hombres nacidos. Todo el orgullo y la vanidad del pobre Roch estaban en ser autor de su hijo. El año pasado nos encontramos una noche en la Junta de Aranceles. Yo quise hablarle de una subasta de corcho... pero él no hablaba más que de su hijo. Casi con lágrimas en los ojos, me dijo: «Amigo Fúcar, para mí no quiero nada, me basta un hoyo y una piedra encima con una cruz. Mi único deseo es que León tenga un título de Castilla. Es lo único que le falta.» Yo me eché á reir. ¡Apurarse por un rábano, es decir, por un título de Castilla!... Sr. D. José, si usted me dijera «quiero ser bonito, quiero ser joven...» pero ¿qué desea usted, ser Marqués?... A las coronas les pasará lo que á las cruces, que al fin la gente cifrará su orgullo en no tenerlas. Pronto llegaremos á un tiempo en que, cuando recibamos el diploma, tendremos vergüenza de dar un doblón de propina al portero que nos lo traiga... porque también él será Marqués...»

Fúcar, al decir esto, soltó la risa. Empezaba ésta por un hipo chillón y terminaba en un plegado general de la piel de sus facciones, y una especie de arrebato congestivo. Pasados los golpes de hilaridad, aún tardaba su cara una buena pieza en volver á su color primero y á su normal aspecto de seriedad majestuosa.