—Y esa casa fué poderosa—dijo Onésimo.—Yo le oí contar á mi padre que en el siglo pasado estos Tellerías ponían la ley á toda Extremadura. Era la segunda casa en ganados. Tuvieron medio siglo las alcabalas de Badajoz.»

Federico Cimarra se puso en pie frente á los otros dos, y abriendo las piernas en forma de compás, empezó á hacer el molinete con su bastón.

«Es increíble—dijo sonriendo,—la calaverada de ese pobre León... Cuidado que yo le quiero... es mi amigo... ¿Pero quién se atreve á contradecirle? Váyase usted á argumentar con estas cabezas de piedra que se llaman matemáticos. ¿Han conocido ustedes un solo sabio con sentido común?

—Ninguno, ninguno—exclamó el Marqués de Fúcar riendo á borbotones, que era su especial manera de reir.—¿Y es cierto lo que me han dicho?... ¿que la chica es algo mojigata? Sería cosa muy bufa ver á un librepensador de mares altos pescado con anzuelito de Padrenuestros y Avemarías.

—No sé si es mojigata; pero sí sé que es muy bonita—afirmó Cimarra paladeando.—Pase lo de santurrona por lo que tiene de barbiana... Pero su carácter no está formado... es una chiquilla, y después que anda enamorada no piensa en santidades... La que me parece en camino de ser verdadera beata es la Marquesa, que no podrá eludir la ley por la cual una juventud divertida viene á parar en vejez devota. ¡Qué desmejorada está la Marquesa! La ví la semana pasada en Ugoibea y me pareció una ruína, una completa ruína. En cambio, María está hecha una diosa... ¡Qué cabeza!... ¡qué aire y qué trapío

En el lenguaje de Cimarra se mezclaban siempre á la fraseología usual de la gente discreta los términos más comunes de la germanía moderna.

«Eso sí—dijo el Marqués de Fúcar con expresión y sonrisa de sátira.—María Sudre vale cualquier cosa... Yo creo que el matemático ha perdido la chaveta y se ha dejado enloquecer por aquellos ojos de fuego. Esa chiquilla no me gustaría para esposa... Hermosura superior, fantasía, tendencia al romanticismo, un carácter escondido, algo que no se ve... en fin, no me gusta, no me gusta.

—¡Caramba!—exclamó el hombre de Administración dándose una palmada en la propia rodilla.—Todo menos hablar mal de María Sudre. La conozco... es un portento de bondad... es lo mejor de la familia.

—Hombre—dijo el Marqués de Fúcar descuadernando su cara en una risa homérica.—La familia es la familia de tontos más completa que conozco, sin exceptuar al mismo Gustavo, que pasa por un prodigio.

—¡Ah! no: la chica vale, vale—afirmó Onésimo.—No diré lo mismo de León. Es un sabio de nuevo cuño, uno de estos productos de la Universidad, del Ateneo y de la Escuela de Minas, que maldito si me inspiran confianza. Mucha ciencia alemana, que el demonio que la entienda; mucha teoría obscura y palabrejas ridículas; mucho aire de despreciarnos á todos los españoles como á un atajo de ignorantes; mucho orgullo, y luego el tufillo de descreimiento, que es lo que más me carga. Yo no soy de esos que se llaman católicos y admiten teorías contrarias al catolicismo: yo soy católico, católico.»