Como si quisiera responderle, Monina dió un violento salto, y en un acceso de horrible tos expulsó un pedazo de falsas membranas. Después quedó otra vez inmóvil y reapareció el gemido estertoroso.
«¡Si se enfría, si está helada el alma mía...!—gritó Pepa.—Doctor, doctor.»
Moreno acudió prontamente.
«Helada no—dijo León tocando á la niña.—Al contrario, parece que suda.
—¡Suda!» murmuró Moreno después de una larga pausa.
Sus manos tentaban á la moribunda, y su mirada perspicaz, acostumbrada á leer las oscilaciones de la vida, se clavaba en aquélla, que después de oscilar se detenía, sin duda para extinguirse en calma.
«Suda,—volvió á decir León.
—Suda,» repitió Pepa con un rugido.
Los tres callaron. Parecía que un débil rayo de esperanza había estallado en medio de aquel grupo, hiriendo al mismo tiempo los tres corazones. Pero no era posible, no.