«Abrigarla bien,» dijo Moreno brusca, imperiosamente, con voz de piloto que manda una maniobra salvadora; y sin poderse contener, soltó un terno terrible.
Seis manos arreglaron la cama de Monina con febril presteza.
León y Pepa miraban á Moreno; pero no se atrevían á preguntarle nada. Más valía dudar, que es algo parecido á esperar. El semblante del médico no indicaba nada claramente, á no ser un vago dudar también.
«¿Sigue sudando?
—¡Oh! Sí.
—¡Sí!
—¡Sigue!
—¡Ahora más!»
Se observaba la ligera humedad de aquella fina piel como si de ella dependiera la continuación ó la ruína del universo existente.