—¡Hija de mi alma!... ¡Oh! Si vivieras...»

Detrás de la silla en que estaba Pepa, había una imagen de la Virgen Dolorosa con dos velas encendidas. Pepa dió un salto, se arrodilló, se postró, besó el suelo. Durante un rato se oyeron sus gemidos sofocados contra la alfombra. Seguro de que la madre no podía oírle, Moreno acercó sus labios al oído de León y le dijo:

«Si la acción detersiva sigue y llega á tomar importancia, es posible que se salve... Pero sólo hay cuatro probabilidades favorables contra noventa y seis adversas... No digamos nada á Pepa.

—¡Cuatro probabilidades!...—pensó Roch.—Ya es algo... El corazón me dice...»

Y todo su interior se sacudía con un palpitar loco, frenético. Toda la vida humana estaba allí delante de sus ojos, pendiente de un hilo, de un soplo.

Pasó un rato. Pepa volvió junto al lecho. Saltaba de una parte á otra como leona herida. No necesitaba preguntar: bastábale ver las miradas, las actitudes. Había allí algo de extraordinario y novísimo, un como giro total en los inmensos círculos del Universo. Los dos hombres estaban ansiosos, no abatidos.

«¿Qué hay?—dijo la madre.

—Esperanza,—replicó León sin poderse contener.

—Poca,» balbució Moreno.

Pepa cruzó las manos, elevando al cielo una mirada de ferviente gratitud.