—No habrá más remedio... Entre paréntesis, no creo que el dolor de Pepa sea muy grande, ni aun creo que sea un dolor pequeño... será más bien una sorpresa dolorosa... menos tal vez. Aquí entre los dos (y diciendo esto bajó mucho la voz, á pesar de estar la puerta cerrada), yo creo que Pepa quiere á su marido lo menos que se puede querer á un marido: ¿me entiendes tú? Puede ser que sus sentimientos hacia ese chalán de alto vuelo corran parejas con los míos, y yo no oculto á nadie que le aborrezco, que le aborrecía con todo mi corazón... Pepitinilla no derramará muchas lágrimas... ¡qué demonio! es muy posible que no derrame ninguna...»

El Marqués se frotó las manos una contra otra, como hacía siempre que remataba un gran negocio. ¡Ah! la Hacienda pública temblaba en lo profundo de sus arcas hueras cuando sentía aquel fregoteo de manos.

«Ha sido una suerte, una verdadera suerte para ella y para mí—repitió cual si hablara consigo mismo.—La Providencia nos ha salvado... ¡Ah! ¡vampiro! No te contentaste con saquearme en Madrid, sino que levantaste todos los fondos de mi corresponsal de la Habana. No te contentaste con falsificar aquellas letras para sacarme los treinta mil duros que tenía en Londres en casa de Fergusson Brothers, sino que cuando te enviamos á Cuba aún abusaste de mi nombre... ¡Maldito, execrable juego! Pero Dios castiga... Dios no consiente que los pillos...»

Con un puño cerrado machacaba en la otra mano abierta. Después, como si volviera en sí, recordando el deber que imponían la dignidad humana y la caridad, dijo:

«Pero ha llegado el momento de perdonar. Yo perdono de todo corazón. Su castigo ha sido terrible. ¡Qué espantosos son los incendios de esos buques americanos! Después que los hacen de madera, tienen la poca aprensión de cargarlos de petróleo... Ya se ve... En el incendio y naufragio del City of Tampico no se salvaron más que dos grumetes y un cuákero loco. Federico se había embarcado en él para ir á Colón con objeto de pasar á California, tierra propicia á los aventureros; había sacado de la Habana todos los fondos que tengo allí... ¡Qué sabiamente atajó la Providencia sus criminales pasos! Luego diréis los librepensadores que Dios es demasiado grande para mezclarse en nuestras miserias. Yo digo que se mezcla, yo digo que se mezcla, ea... Conviene no exagerar: no sostendré yo que Dios esté siempre atento á tanta cosilla como se le pide. Ya ves, mi hija llenó de velas de cera la casa cuando Moninilla estaba enferma... Se expidieron memoriales á todos los santos. Ya tendrían faena los de arriba si hicieran caso de las madres siempre que un chico tose ó tiene calentura. Pero los grandes crímenes, las grandes estafas... ¡oh!...»

León no quiso decir nada sobre aquella donosa interpretación de los trabajos de la Providencia.

«En fin—añadió Fúcar,—bastante ha deshonrado mi nombre, bastante ha mortificado á la tontuela de mi hija... Séale la tierra ligera, séale el agua ligera... Hay una cosa que nunca he podido comprender, que siempre, siempre, siempre será un misterio para mí.

—Lo adivino—indicó León prontamente.—El por qué se casó Pepa con Cimarra. Ella es bondadosa, tiene ingenio, sensibilidad. Federico fué siempre un perdido sin corazón, y bastaba hablar con él media hora para comprender la podredumbre y el vacío horrible de su alma.

—Exactamente... ¡Ah! Yo reconozco que eduqué mal á mi hija. Pepa ha variado mucho: lo que yo no supe hacer, lo ha hecho la desgracia. Pero hace cuatro años era tan caprichosa... en fin, tú bien la recuerdas... Verdaderamente, sin su buen corazón, sin aquel corazón de oro, mi hija hubiera sido una calamidad, lo reconozco... ¡Pero qué alma la suya, qué sentimientos tan elevados, qué manantial de ternura bajo las apariencias de versatilidad y mimitos que no eran más que las burbujas, las burbujas, no encuentro otra palabra, de su espíritu rico en dones morales! Te digo una cosa que es para mí como el Evangelio. Mi hija casada con un hombre de bien, discreto, agradable, á quien ella hubiera amado de veras, habría sido la mujer por excelencia, habría sido modelo de esposas, de madres...