—Lo creo,—dijo León poniéndose sombrío.
—Y al considerar esto—añadió Fúcar cruzando los brazos sobre el pecho,—me explico menos su preferencia por Cimarra, y digo preferencia, porque no encuentro otra palabra; ni se justifica su casamiento por el efecto que hace siempre en las mujeres una buena figura; y aunque Cimarra era lo que se llama un hombre hermoso...
—Seguramente.
—Pues á pesar de eso no me explico... En Pepilla no hubo esa ilusión, esa fascinación... ¿cómo decirlo?... A mí me pareció muy mal su preferencia; pero no quise oponerme, no tuve valor para oponerme. Siempre he tenido esa debilidad... Cuando Pepa era niña, me daba latigazos y yo me reía. Ya siendo mujer, me gastaba un millón en cacharros, y yo... me reía también. Cuando Federico me pidió su mano, cuando la consulté sobre esto y me dijo que aceptaba... no tuve gana de reir; pero consentí, ¡qué había de hacer! La verdad es que Pepa no me pareció muy enamorada; pero... En fin, que se casaron en un día infausto. Me gasté más de cien mil duros en la boda. ¡Qué día! Por las calamidades que cayeron después sobre mi, paréceme que en aquel día negro se casó todo el género humano. Mi pobre hijita fué desgraciada desde entonces. Diríase que la infeliz estaba devorada interiormente por un mal muy agudo, un mal moral, un mal físico, un mal de no sé qué clase. Entróle un delirio espantoso por las fiestas, por el lujo... ¡qué desvarío! ¡qué muchachas las del día! Se casan para divertirse más, para gastar más, para aturdirse más. Lo particular es que ni aun en los días de la luna de miel ví á Pepa cariñosa con su marido. «Eso es casarse con un maniquí,» decía yo. A veces estaba mi hija taciturna, á veces borracha... no encuentro otra palabra, borracha de fiestas, de bailes, de novedades, de vestidos. Todos los días necesitaba algo nuevo; pero ni las maravillas de Las mil y una noches hubieran vencido su tristeza. ¡Pobre niña loca!... Por supuesto, de Federico no hacía más caso que de una silla. Le trataba como se trataría á un idiota. Amigo León, éste es un mundo muy raro. Debiéramos decir de él que es un valle de equivocaciones.
—Lo cual no niega, sino antes bien afirma, que sea un valle de lágrimas.
—Exactamente. Pues como decía, llegué á preocuparme seriamente de la salud y aun de la razón de mi Pepilla. Felizmente fué madre, y de la maternidad data su regeneración. Dejó de ser casquivana y gastadora... Se consagró al cuidado de su hija y adquirió aquel aplomo, aquella noble majestad... no hallo otra palabra mejor... aquella noble majestad que ves en ella. Precisamente cuando mi hija fué madre, empezó Cimarra á ser el más canalla de los hombres. Tú sabes, como lo sabe todo Madrid, sus infamias, sus estafas, sus escándalos. Ese gandul me ha quitado diez años de vida. ¡Cuántas lágrimas ha derramado mi pobre niña aquí, en este mismo despacho! Cuántas veces me ha dicho: «¡Perdón, perdón, papaito, por haberte dado por hijo á ese bandido! Yo estaba loca, yo no sabía lo que hacía.» Mi yerno me arruinaba; pero mi hija me daba besos y me pedía perdón. «Váyase lo uno por lo otro,» decía yo... En fin, todo ha concluído... Dios... la Providencia... Es preciso que tú la prepares para recibir la noticia.
—¿Yo?
—Sí: tú tienes arte... Yo no sabría sino llegar y decirle: «Pepa, tu marido se murió...» Tú vas, coges un periódico y haces como que lees y dices: «¡Qué espantoso naufragio!»
—Yo no, yo no. Permítame usted que no hable de naufragios. Eso corresponde á usted ó á otra persona de la familia.