—Hombre, hazme el favor... Tú eres amigo antiguo.»

Abrióse la puerta bruscamente y entró Pepa con alborozado semblante y fresca sonrisa. León Roch tembló al verla, creyendo hallar en su persona una hermosura superior, que instantáneamente se le revelaba, causándole alegría. Era un fenómeno de júbilo y sorpresa, como los que causa el recuerdo feliz cuando viene á la memoria, ó la idea inspirada cuando aparece en el entendimiento, llenándolo de claridad. La miró un rato sin hablar, y... no podía dudarlo... aparecía rodeada de una aureola; no era la misma para él: sus insignificantes facciones, sin cambio alguno visible, se acomodaban por arte milagroso al tipo indeciso de la mujer ideal.

«A tiempo vienes, Pepitinilla.

—Papá—dijo la Marquesita,—Monina se ha despertado. Ven á verla. Buenos días, León.

—Mira, chica, León tiene que hablarte... quiere leerte no sé qué periódico donde ha visto...

—Es broma de D. Pedro. Yo no he leído nada...

—¡Qué día tan hermoso!—dijo Pepa acercándose á la ventana, por donde entraba un sol espléndido.—Mira, León: ¿ves allí entre los árboles un techo?... Es la casilla de que te hablé. No sabes, papá: este ladrón anda buscando un lugar solitario para retirarse de las vanidades del mundo. Yo le he recomendado la casa de Trompeta, ¿sabes? allí donde vivió el cura de Polvoranca.

—Es hermosa, sí... á dos pasos de casa... ¿De veras te vienes á estos barrios?... Realmente, chico, si buscas un escondrijo para dedicarte á roer libros...

—No sé aún, no he decidido—dijo León mirando con estupor el techo que allá á lo lejos, entre los árboles, se veía.—Pero vamos á ver á Mona.

—Vamos.»