Pepa salió delante.

«¿Con que está mi hombre aburridito?—dijo Fúcar al joven en tono de confianza jovial, poniéndole la mano en el hombro.—Ya sé que tu mujer... ¡Deplorables resultados de la exageración! Y si no, ahí tienes: la piedad es una virtud; pero exagérala, ¿y qué resulta? el horror de los horrores.»

Y más adelante, apoyado en su brazo, le dijo al oído:

«Lo mismo que tu mujer era mi pobre Ramona... No se la podía aguantar... Pero, hijo, la infidelidad con Dios hay que tolerarla, hay que perdonarla. Yo pregunto: ¿qué puede hacer un hombre en este tremendo, irresoluble caso? Cuando una esposa es honrada y fiel, no hay motivo, ni siquiera pretexto razonable en nuestra sociedad, para la separación... Te compadezco. Acuérdate de lo dicho: esto es un vallecito de equivocaciones.»

Poco después salió León de la casa. Iba tan metido en sí, que no saludó á D. Joaquín Onésimo que paseaba por el parque con el Barón de Soligny, hablando del próximo empréstito con la grave atención que ciertas personas ponen en las calamidades públicas. En Madrid dejó su coche para andar á pie por las calles, y recorrió varias como un sonámbulo, sin ver ni oir nada más que aquella sonora voz interior que le decía: «¡Viuda!»


VII
Erunt duo in carne una.

Pasaron algunos días, durante los cuales no fué á Suertebella sino una sola vez, á dejar la tarjeta de pésame. En aquella breve temporada vivía la mayor parte de las horas fuera de su casa, y dando completamente de mano á los estudios, no se ocupaba de sus libros más que para empaquetarlos en grandes baúles. Iba con frecuencia á círculos y reuniones, donde sus amigos le hallaban taciturno, insensible al interés de la charla, de la noticia, del comentario. Hablaba tan sólo de un viaje sin decir á dónde, de una ausencia larga, y si otro tema á su boca venía, tratábalo con cruel sarcasmo y amargura, modos bien distintos de aquélla su antigua manera grave y elevada de ver las cosas de la vida, los hechos y las personas. Una noche (empezaba ya el mes de Abril) entró en su casa después de las once. Abrióle la puerta el ayuda de cámara.

«¿Por qué no me abrió la puerta Felipe, como de costumbre?—preguntó León.