—Felipe ya no está en casa, señor.

—¿Pues dónde está?

—La señora lo ha despedido.

—¿Por qué? ¿Ha hecho alguna travesura?

—La señora se enfadó porque no quiso ir á confesar.

—¿Y tú te has confesado?

—Yo sí, señor; todos los meses. La señora no se descuida en esto. Como no le traigamos la papeleta, nos planta en la calle. Para eso, Ventura el cochero tiene un amigo sacristán, que le da todas las papeletas que quiere, y así contenta á la señora, y haciéndole creer que va al confesonario, se va por ahí de jolgorio... Si no fuera por el señor, yo y mi mujer nos habríamos marchado ya de esta casa, donde hay tantas obligaciones y ni un momento de descanso. Eso de que esté un hombre trabajando toda la semana, y cuando llega el domingo por la tarde, en vez de dejarle salir á paseo le manden á la doctrina... Mi mujer dice que no aguanta más... Pues digo, con el espantajo que la señora nos ha metido ahora en casa... Esta mañana, cuando despidió á Felipe, determinó dar á otro su plaza. Yo creí que colocaría á mi hermano Ramón. Pero no: la señora escribió una carta á los de San Prudencio, y un rato después vimos entrar uno como sacristán, gordo, colorado, sin barba, con faldones hasta el suelo, un sombrero chato y negro, carilla de santurrón con malicia, y unos modaletes así como entre hombre y mujer. La señora dice que yo pasaré á hacer el servicio que hacía Felipe; que el portero ocupará mi puesto, y que el Sr. Pomares, así se llama el recomendado de allá, será desde hoy portero, vigilante de los demás criados y mayordomo.

—Tú estás en babia. ¿Desde cuándo necesito yo mayordomo en mi casa?

—Mayordomo. La señora lo dispuso así, y el de los faldones largos se reía y nos miraba con sus ojos de besugo como diciéndonos: «Ya os pondremos las peras á cuarto.» Después nos echó un sermoncillo, y poniendo cara de arrope pasado y cruzándose las manos sobre el pecho, nos llamó hermanos; aseguró que nos quería mucho.