—¿Está en el oratorio la señora?—preguntó León levantándose.
—Creo que está en su cuarto.»
Entró León en el cuarto de su mujer, y la halló conversando con Doña Perfecta, amiga de confianza que solía acompañarla por las noches. Sobrecogióse esta venerable dueña al ver entrar al marido de su amiga, comprendiendo con delicado instinto que se preparaba una escena, y se despidió. Cuando se quedaron solos, el marido habló á su mujer, sin enojo ni altanería, en estos términos:
«María, ¿es cierto que has despedido al pobre Felipe?
—Es cierto.
—Antes de echarle de casa, debiste considerar que he tomado cariño á ese muchacho por su aplicación, su deseo de instruirse y el fondo de bondad que se le descubre en medio de sus puerilidades y travesuras. Le traje de casa de tu madre, porque siempre que aquí venía se quedaba extasiado delante de mis libros.
—A pesar de esas bellas cualidades, me he visto obligada á despedirle,—dijo María secamente.
—Pues qué, ¿te ha faltado al respeto?
—De un modo horrible. Hace mucho tiempo que le obligo á confesar. Hoy le reprendía por no haberlo hecho el domingo pasado ni tampoco éste, y el muy tuno, en vez de llorar, volvióse á mí y me dijo con mucho descaro: «Señora, déjeme usted en paz; yo no quiero nada con cuervos.»
—¡Pobre Felipe! En cambio—añadió León sin dejar conocer su intento,—ha entrado en la casa un señor muy venerable...