—¡Ah! Sí... el señor Pomares. Estaba esperando á que llegaras esta noche para obtener tu consentimiento. Es un hombre de grandísima bondad y delicadeza, que de todo entiende...
—Lo creo.
—Que puede él solo trabajar más que dos ó tres de esos desalmados bergantes. Es persona de absoluta confianza, y á quien puede confiarse sin recelo casa, intereses, asuntos delicados.
—Quiero verle. Llámale.»
María llamó, y no pasaron cinco minutos sin que se presentase el personaje de los ojos dulzones y la carátula arrebolada, tal y como fielmente le pintó el ayuda de cámara. Contemplóle un rato León de pies á cabeza, y después le dijo reposadamente:
«Bien, señor Pomares. Voy á dar á usted mis primeras órdenes.
—¿Qué me manda el señor?—dijo el novel mayordomo con meliflua voz y arqueando las cejas.
—Que se plante inmediatamente en la calle.
—¡León!—exclamó María, leyendo el enojo en las facciones de su marido.