—¿Me ha oído usted? Tome usted su baúl, y sin pérdida de tiempo se va usted de mi casa.

—La señora me ha mandado venir y estar aquí,—repuso el venerable con acentuación algo firme, sintiéndose muy fuerte con el amparo de la señora.

—Yo soy el amo de mi casa y le mando á usted que se vaya—dijo León en un tono que no tenía réplica.—Advirtiéndole á usted que si vuelve á poner los pies aquí y le veo yo, no saldrá usted por la puerta, sino por la ventana.»

El hombre enfaldonado hizo una profunda reverencia, y desapareció.

«¡Dios mío!—murmuró María cruzando las manos.—¡Qué vergüenza! Tratar así á un hombre tan bueno, tan humilde, tan respetable...

—Desde este momento—dijo León encarándose enérgicamente con su mujer,—todo ha cambiado en esta casa. Ha llegado el caso de tener que intervenir en tus actos, para sacarte de grado ó por fuerza de esta vida ridícula y obscura en que has caído, y curarte como se cura á los locos, ausentándote de todo lo que ha constituído tu locura. Mi benignidad nos ha perjudicado á los dos; ahora mi energía, que llegará quizás hasta el despotismo (y no es culpa mía), enderezará un poco esta senda torcida por donde corres.

—Resignada á padecer—dijo María con unción postiza y mimosa,—acepto el cáliz que me ofreces. ¿Cuál es? ¿Qué quieres de mí? ¿Quieres matarme? ¿Quieres una crueldad mayor aún, que es apartarme de los hábitos de piedad que he contraído? ¿Quieres aún arrancarme mi fe?

—Yo no quiero arrancar tu fe; otras cosas son las que yo quiero arrancar, ¡ay de mí!...»

Se detuvo, como si realmente no supiese lo que deseaba. María estaba serena y hacía bien su papel de víctima, mientras que León parecía desasosegado y vacilante en su papel de verdugo.

«Esta noche no quiero discutir contigo—dijo.—Durante mucho tiempo hemos batallado sin conseguir nada. Ahora me ocurre que un poco de acción es conveniente para salir de este horrible estado. Perdóname si no te explico nada y te asusto mucho, si en vez de persuadir mando, si en vez de disputar contigo te niego toda réplica.