—¿Qué quieres? Dilo de una vez.
—Yo necesito ausentarme de Madrid.
—¿Por qué motivo? ¿Te has cansado de teatros, de toros, de casinos, de tertulias ateas? ¡Ah! Si deseas salir de aquí, no será para ir á un yermo, sino á París, á Londres, á Alemania.
—Tú me has abandonado—exclamó León con dolor;—tú has huído de mí, y encastillada en tu perfección chabacana, has destruído lo que debía ser el encanto y la paz de mi vida; me has hecho odiosa mi propia casa.»
María se estremeció.
«Pues bien—añadió León con extraordinaria energía:—ya me he cansado de no tener casa, y estoy resuelto á tenerla.
—¿Pues no estás en ella? Por mi parte, aquí estoy siempre,—dijo María tan glacial como si por su boca la misma nieve hablase.
—¡Aquí estás! Sí; ¿y quién eres tú? Un sér desapacible y erizado de púas. De aquí en adelante...
—Tú eres el que mandas, y estás más agitado que yo. Mi resignación me da serenidad, y á tí tu soberbia de tirano te hace vacilar y palidecer á cada instante. En una palabra, León, ¿qué quieres?
—Yo me voy de Madrid. Esto es para mí una necesidad imprescindible.