—¿Qué te pasa?

—Que no quiero, no debo seguir aquí. Carezco de todo arrimo y calor en mi propia casa; estoy sin familia, porque la compañera de mi vida, en vez de encadenarme con la piedad y el amor, se ha envuelto en un sudario de hielo. Ella en los delirios de su fe extravagante, y yo en la triste soledad de mis dudas, no formamos, no podemos formar una pareja honrada y feliz. Otro vegetaría en esta existencia árida; yo no puedo. Mi espíritu no se satisface con el estudio; pero no teniendo otro alimento que el estudio, preciso es que se harte de él.

—¿Por qué no estudias aquí?

—¿Aquí?—exclamó León asombrado de la propuesta.—Aquí no puede ser. Ya te he dicho que necesito emigrar.

—No te comprendo.

—Lo creo, sí; fácil es que no me comprendas... ¡Y quién me comprenderá, quién!»

Lanzando un gemido de desesperación, se oprimió con ambas manos la cabeza. María, respetando el incomprensible dolor de su esposo, no hizo las observaciones impertinentes que le eran propias en semejantes casos. Por último, se dejó decir:

«Aquí puedes estudiar todo lo que quieras. Vivamos juntos. Ni tú me molestarás á mí en mis devociones, ni yo á tí en tus sabidurías. Seremos dos cenobitas: yo cenobita de la fe, tú cenobita del ateísmo.

—¡Deliciosa vida me propones!... Yo no quiero claustro, sino familia; no me inclino al desprecio de la vida, sino al uso prudente, recto y juicioso de ella; no quiero una existencia de imaginación acalenturada, sino la existencia real, única donde caben los verdaderos méritos humanos, los deberes bien cumplidos, el régimen de la conciencia, la paz y el honor. Yo quiero lo que quise fundar cuando me casé contigo, ¿lo entiendes?