—Lo entiendo, sí; lo que no entiendo es que para que tú tengas familia te sea preciso salir de Madrid.

—Y salir contigo.

—¡Conmigo!

—Tu deber es seguirme.

—¡San Antonio! Si apelas á mi deber...—balbució María con resignación artificiosa.—¿Y á dónde me llevas?

—A donde quieras tú. Una vez establecidos en el sitio que elijamos para residencia, tu vida cambiará por completo.

—Veamos cómo.

—Estableceré un método que se cumplirá con escrupuloso rigor. Te prohibiré ir á la iglesia en días de trabajo; en mi casa no entrará una nube de clérigos y santurrones como los que aquí la han tomado por asalto; haré un expurgo en tus libros, separando de los que contienen verdadera piedad los que son un fárrago de insulseces y de farsas ridículas.

—Sigue, hombre, sigue... ¿y qué más?...—indicó María Egipciaca con sarcasmo.

—Sólo una cosa me resta que decir, y es que optes entre este plan y la separación absoluta y radical para toda la vida.»