María palideció.
«Eres atroz... eres terrible... déjame siquiera reflexionar un poco... ¿Y todo eso se ha de hacer fuera de Madrid?
—Sí; fuera. Elige tú el sitio.
—Vamos, no me vuelvas loca con tus majaderías—dijo de improviso, tomándolo á burla.—Yo no salgo de Madrid.
—Pues adiós—dijo León levantándose.—Desde hoy eres dueña de esta casa. Queda establecida nuestra separación, no por la ley, sino por mí. Mañana se te presentará mi apoderado y te dará á conocer la renta que te señalo. Adiós. En estos asuntos me gusta la concisión y la prontitud. Todo ha concluído.»
Dió algunos pasos hacia la puerta.
«Aguarda,» indicó María corriendo hacia él. Y después, arrepentida de aquel movimiento, cruzó las manos y elevó los verdes ojos traicioneros.
«Señor... Virgen Santa, hermano mío, inspiradme; decidme lo que debo hacer...»
León esperaba. Ambos se miraron sin decir nada. Como si obedeciera á una inspiración, él se acercó á ella y le tomó la mano con respetuoso afecto, diciéndole: