«María, ¿es posible que yo no represente nada en tu memoria, en tu espíritu, en tu corazón? Mi nombre, mi persona, ¿no te dicen nada? ¿No soy capaz de despertar en tí ni siquiera una idea, ni siquiera un eco? ¿El fanatismo religioso ha matado en tí hasta el último y más débil sentimiento? ¿ha secado hasta la compasión y la caridad? ¿ha apagado hasta la idea de la conveniencia, del deber?»

María se tapaba los ojos con la mano, como el que se goza en una visión interior.

«Respóndeme á la última pregunta. ¿Ya no me amas?»

María descubrió sus ojos ligeramente enrojecidos, pero secos, y dejando caer sobre su esposo una mirada fría, desapasionada, como limosna que se arroja para librarse de un pobre importuno, le dijo con despacioso y seco tono:

«Desgraciado ateo, mi Dios me manda contestarte que no.»

Bajó León los ojos sin decir nada y se retiró á su cuarto. Toda la noche estuvo en vela arreglando sus asuntos y empaquetando libros, ropa y papeles. Al día siguiente salió, después de echar sobre la casa la postrera mirada, no por cierto de indiferencia, sino de congoja. Su casa no era para él un simple asilo que le echaba de sí: era la esperanza desvaneciéndose, el ideal de la vida desplomándose como catedral desquiciada por el terremoto. Una fibra existía aún en su corazón, uniéndole con aquellos queridos escombros; pero despiadado se la arrancó y la tiró lejos.


VIII
En que se ve pintada al vivo la invasión de los bárbaros.
Resucitan Alarico, Atila, Omar.

«Date prisa, Facunda, que el Sr. D. León vendrá pronto de su paseo á caballo, y se incomodará si no encuentra arreglado el gabinete... ¡Pero quiá! si no se incomoda nunca... Hombre mejor no ha nacido de mujer. «¿Cómo va, Facunda; ha echado usted de comer á las gallinas? ¿Y el Sr. Trompeta, cómo está?»—«Pues vamos pasando, Sr. D. León.» Esto es lo único que hablamos... ¡Bah, bah!... Y Trompeta me porfiaba ayer que aquí hay al pie de doscientos libros. Y también dos mil... El Sr. D. León Roch (y repito que este apellido me parece mismamente un estornudo... apellido ordinario, como el nuestro)... pues sí, siempre que va á Madrid, trae el coche lleno de libros, y después hace estas láminas. «Pero, Sr. D. León, ¿usted me quiere decir para qué sirve esto?» Rayas encarnadas y verdes, manchas y fajas de todos colores... A bien que si yo supiera leer me enteraría de todo ello, pues se me alcanza que aquí al borde hay letras y hasta renglones... Pero date prisa, mujer... Facunda, ¿qué haces ahí como una boba? date prisa á barrer y quitar el polvo; que viene, que viene el señor... Ahora, Facundita, bájate á la cocina y cómete la magra que dejaste en la sartén. Luego tomarás un poco el sol.»