La que así hablaba era Facunda Trompeta, que tenía la costumbre de hablar consigo misma siempre que estaba sola, y de llamarse por su nombre y de reprenderse ó adularse. Siempre empleaba el gesto y los visajes para estas auto-conversaciones, y algunas veces la palabra. Era bienaventurada esposa de un honradísimo carbonero de Madrid llamado José Trompeta, que habiendo hecho modesta fortuna en tiempos en que aún se hacían fortunas con carbón, se retiró á Carabanchel á pasar tranquilamente el resto de sus días. Habían comprado una casa en cuya planta baja vivían, reservando la superior para alquilarla por buen dinero á alguna de las prolíficas familias madrileñas que van allí huyendo de la tos ferina ó del sarampión. A principios de Abril la arrendó un caballero que frecuentaba el palacio de Suertebella, y parecía muy bien educado, aunque se reía poco y hablaba lo menos posible.

La habitación de León era una gran pieza que parecía la celda de un prior, espaciosa, alta, ventilada, tal como no se hallan ya sino en las casas antiguas. Por las ventanas del Naciente veíase á lo lejos la pomposa arboleda de Vista-Alegre y más cerca el parque de Suertebella, cuya vaquería se comunicaba por medio de un portalón, casi siempre abierto, con la corraliza de la finca de Trompeta. Por el Poniente se dominaba el pintoresco camino de Carabanchel Alto, con la Montija, y los términos azulados y las verdes lomas de aquellos campos, que de Marzo á Junio no carecen de belleza.

Junto á la gran estancia, que era sala, despacho y gabinete de estudio, había una alcoba y dos cuartos pequeños. En uno de éstos habitaba el criado. Pocos y cómodos muebles traídos de Madrid, muchos libros, piedras, láminas, atlas, mesa de dibujo con adminículos de acuarela y lavado, un microscopio, algunas herramientas de geólogo y los más sencillos aparatos químicos para el análisis por la vía húmeda y por el soplete, llenaban la vasta celda.

«Ea, ya tiene usted su cuarto arreglado, señor D. León—dijo Facunda sentándose sin aliento en el sillón de estudio.—Ya puede usted venir cuando quiera. No se quejará de que le he revuelto estas baratijas.»

Como se ve, la excelente señora, cuando estaba sola, además de hablar consigo misma, hablaba con los demás.

«Y dígame usted, Sr. D. León, ¿es cierto que antes iba usted á comer muy á menudo á Suertebella? Aunque ahora va usted muy poco allá, me parece que le gusta más de la cuenta la señorita Marquesa... Como es tan rica, no importa que no sea guapa... Ahora no va usted al palacio por aquello de respetar el luto. Conozco yo bien á mi gente...»

Y Facunda, no sólo hablaba con los demás, sino que se figuraba oir á sus interlocutores. A más de discursos, había discusión.

«¿Con que digo disparates?... ¿Con que no es cierto que le gusta á usted la Marquesita?... Y esos mimos á la nena, ¿qué significan?... Ya; usted qué ha de decir... ¡San Blas! Si no fuera usted casado... Pero entre la gente grande no hay escrúpulos. Díganmelo á mí que he servido veinte años á una señora condesa, y he visto unas cosas... ¿Pero qué haces aquí, Facunda, hecha una boba? Despabílate... piernas al aire... No has puesto el puchero todavía... ¡Oh! ¿Qué ruido es ese? ¿Quién viene?»

«Oíanse risotadas infantiles y un delicioso traqueteo de piececitos en la escalera. Eran Monina, Tachana y Guru, que después de corretear por el parque, pasaron á la vaquería, de ésta á la corraliza de Trompeta, y una vez allí decidieron hacer una excursión en toda regla por los dominios altos de la casa. El aya de Monina les acompañaba. Sabemos quién era Monina; pero no conocemos á esos dos personajes que se nombran Tachana y Guru. La primera tenía tres años y era hija del administrador de Suertebella, Catalina de nombre, de rostro lindísimo, muy reservadita y poco traviesa. Acompañaba en sus juegos á Ramona, y aunque regañaban tres veces en cada hora, acometiéndose algunas con mujeril coraje, eran buenas amigas y cada cual lloraba siempre que se hacían demostraciones de castigar á la otra. Se comprenderá fácilmente cómo en las transformaciones lexicológicas que sufren los nombres en boca de los niños, pudo Catalina ó Catana llegar á llamarse Tachana; lo que no se comprenderá aunque pongan mano en ello todos los lingüistas del mundo, es cómo un chico nombrado Lorenzo llegó á llamarse Guru en boca de Monina; pero así era, y hemos visto casos más raros todavía de corrupción de vocablos. Guru rayaba en los seis años y era hermano de Tachana, formalito como aquélla, estudioso como pocos, apuesto y gallardo chico que ya tenía sus novias, su reloj, gabán ruso, bastón, y llamaba á las niñas chicas.

«Señora Facunda—dijo desde abajo la voz del aya,—ahí va la langosta. Cuidado no destrocen algo.»