—Ayer tarde—continuó Onésimo,—cuando volvíamos de la gruta (que, entre paréntesis, tiene tan poco que ver como mi cuarto), se le cayó una de las gruesas perlas de sus pendientes de tornillo. La buscamos; al fin la distinguí junto á una piedra: me abalancé á cogerla, como era natural; pero más ligera que yo, púsole el pie encima... y la aplastó diciendo: «¿para qué sirve esto?» Además, cuentan que ha hecho un picadillo de encajes. ¿Pero no la vieron ustedes anoche en el salón? Yo juraría que está loca.»
León no dijo nada, ni Cimarra tampoco.
«¿Saben ustedes—añadió el fanal de la Administración,—que va á estar fresco el que se case con esa niña? ¡Qué educación, señores, pero qué educación! Su padre, que tan bien conoce el valor de la moneda, no le ha enseñado á distinguir un billete de mil pesetas de una pieza de dos. Es una alhaja la señorita de Fúcar. Ya me habían dicho que era caprichosa, despilfarradora; que tiene los antojos más ridículos y cargantes que pueden imaginarse. ¡Pobre marido y pobre padre!... Si al menos fuera bonita... pero ni eso. Ya le dará disgustos á D. Pedro. Luego no quieren que truene yo y vocifere contra estos hábitos modernos y extranjerizados que han quitado á la mujer española su modestia, su cristiana humildad, su dulce ignorancia, sus aficiones á la vida reservada y doméstica, su horror al lujo, su sobriedad en las modas, su recato en el vestir. Vean ustedes las tarascas que nos ha regalado la civilización moderna. Comprendo la aversión al matrimonio que va cundiendo, y que si no se ataja obligará á los gobiernos á dar una ley de novios y una ley de casamientos, estableciendo un presidio de solteros.
—¡Graciosísimo!—exclamó Cimarra, poniendo bruscamente su mano sobre el hombro de León.—Del carácter y de las rarezas de Pepa podrá hablarnos éste, que la conoce desde que ambos eran niños.»
León dijo fríamente: «Si la enfermedad y las rarezas de Pepa consisten en romper porcelanas y destrozar vestidos, no importa. El Marqués de Fúcar es bastante rico, inmensamente rico, cada día más rico.
—Sobre este tema—indicó el fénix burocrático,—sobre la colosal riqueza del señor Marqués, la frase más característica la debemos al amigo Cimarra, que es el hombre de las frases.
—Yo no he dicho nada, nada, de D. Pedro Fúcar,—replicó Federico con aspavientos de honradez.
—¡Lengua de escorpión! ¿No fué usted el que en casa de Aldearrubia... yo mismo lo oí... á propósito de la escandalosa fortuna de Fúcar, soltó esta frase: «Es preciso escribir un nuevo aforismo económico que diga: La bancarrota nacional es una fuente de riqueza?»
—Eso se puede decir de tantos...—murmuró León.