—De muchos, de muchísimos—dijo Cimarra prontamente.—Como Fúcar ha labrado su rica colmena en el tronco podrido del Tesoro público... ¿qué tal la figura?... pues digo que habiendo centuplicado su fortuna en las operaciones con el Tesoro, no será el único á quien se podrá aplicar aquello de la bancarrota nacional...»
El señor de Onésimo se turbó breve instante. Mas reponiéndose, añadió:
«Yo he oído hacer á usted, querido Cimarra, un despiadado análisis de los millones del Marqués de Fúcar. A los hombres de ingenio se les perdona la murmuración... No venga usted con arrepentimientos: ya sé que ahora es usted muy amigo de su víctima, de aquél á quien supo pintar diciendo: «Es un hombre que hace dinero con lo sólido, con lo líquido y con lo gaseoso, ó lo que es lo mismo, con los adoquines, con el vino de la tropa y con el alumbrado público. El tabaco de sus contratas es de un género especial, teniendo la ventaja de que si amarga en la boca, puede servir para leña; y también son especiales su arroz y sus judías, las cuales se han hecho célebres en Ceuta: los presidiarios las llamaban píldoras reventonas del boticario Fúcar.»
—Hablar por hablar—replicó Cimarra.—Sin embargo de esto, yo aprecio mucho al Marqués. Es un hombre excelente. Todos hemos dado algún alfilerazo al prójimo.
—Ya sé que esto es pura broma. Aquí se sacrifica todo al chiste. Somos así los españoles. Desollamos vivo á un hombre, y en seguida le apretamos la mano. No critico á nadie: reconozco que todos somos lo mismo.»
El Marqués de Fúcar apareció en la glorieta. «¿Y Pepa?—le preguntó León.
—Ahora está muy contenta. Pasa de la tristeza á la alegría con una rapidez que me asombra. Ha llorado toda la mañana. Dice que se acuerda de su madre, que no puede echar del pensamiento á su madre... qué sé yo... no la entiendo. Ahora quiere que nos vayamos de aquí sin dejarme tomar los baños. Yo no quería venir, porque me apestan estos establecimientos horriblemente incómodos de nuestro país. ¡Caprichos, locuras de mi hija! De buenas á primeras, y cuando nos hallábamos en Francia, se le puso en la cabeza venir á Iturburúa. Y no hubo remedio... á Iturburúa, á Iturburúa, papá... ¿Qué había yo de hacer?... Al fin ya me había acostumbrado á esta vida ramplona, y la verdad, tanto como me contrarió venir, me contraría marcharme sin haber tomado siquiera seis baños... Eso sí: aguas como éstas no creo que las haya en todo el mundo... ¿Y á dónde vamos ahora? Ni hay para qué pensarlo, porque las genialidades y los arrebatos de mi hija burlan todos los cálculos... Apenas tengo tiempo de pedir el coche-salón... Pepa está tan impaciente por marcharse como lo estuvo por venir... Ha de ser pronto, hoy mismo, mañana temprano á más tardar, porque estas montañas se le caen encima, y se le cae encima la fonda, y también el cielo se le viene abajo, y le son muy antipáticos todos los bañistas, y se muere, y se ahoga...»
Mientras D. Pedro expresaba así con desorden su paterno afán, los tres amigos callaban, y tan sólo Onésimo aventuró algunas frases comunes sobre las perturbaciones nerviosas, origen, según él, de aquéllas y otras no comprendidas rarezas que á la más bella porción del género humano afligen. El Marqués tomó del brazo á Federico Cimarra, diciéndole:
«Querido, hágame usted el favor de entretener un rato á Pepa. Ahora está contenta; pero dentro de un rato estará aburridísima. Ya sabe usted que se ríe mucho con sus ocurrencias ingeniosas. Ahora me dijo: «Si viniera Cimarra para murmurar un poco del prójimo...» Bien comprende que es usted una especialidad. Vamos, querido. Ahora está sola... Adiós, señores: me llevo á este bergante, que hace más falta en otra parte que aquí.»