Quedáronse solos D. Joaquín Onésimo y León Roch.

«¿Qué piensa usted de Pepita?—preguntó el primero.

—Que ha recibido una educación perversa.

—Eso es: una educación perversa... Y ahora que recuerdo... ¿es cierto que se casa usted?

—Sí, señor... Llegó mi hora,—dijo León sonriendo.

—¿Con María Sudre?...

—Con María Sudre.

—¡Lindísima muchacha!... ¡Y qué educación cristiana! Francamente, amigo, es más de lo que merece un hereje.»

Benévola palmada en el hombro de León terminó este corto diálogo.