«Has sido tú... bien lo dicen tus manos, picarona.»
La niña le miró pidiendo misericordia. Dos gruesas lágrimas salieron de sus ojos. Empezaba Ramona á hacer pucheros, cuando ya los chillidos de Tachana llenaban la casa. Era una Magdalena. No había más remedio que creer en la sinceridad de su arrepentimiento.
«Vaya, vaya—dijo León besando á las dos y tomando en brazos á Monina.—No lloréis más. ¡Qué bonitas tienes las manos! Si tu mamá te viera... Ven á lavarte, asquerosa.
—El aya las dejó subir solas, por estarse abajo charla que charla—indicó Facunda trayendo la jofaina con agua.—Yo no puedo atender á todo. El aya tiene la culpa.»
Lavaron los pinceles de Monina. Después se sentó León, y poniendo una dama sobre cada rodilla, les dijo:
«¡Qué destrozo me habéis hecho! ¿Y Guru? ¿Dónde está Guru?»
Lorenzo había desaparecido.
«Ese es el malo; estas pobrecitas no harían nada si él no las echara á perder,—dijo Facunda.
—Guru, Guru—gruñeron las dos á un tiempo, descargando sobre su ínclito amigo la responsabilidad del espantoso crimen.
—Ese pícaro Guru... Como le coja aquí...»