Monina, perdido ya el miedo y sustituído por el descaro, tiraba de las barbas á León.

«¡Eh, eh!... que duele, señorita.

Lice Tachana—tartamudeó Monina,—lice Tachana...

—¿Qué dice Tachana?

—Que tú é mi papá.

—No—dijo León mirando á Tachana, que se comía una mano.—Yo no soy su papá... Quítate la mano de la boca y contéstame. ¿Por qué dices que yo soy tu papá?

Lentamente y muy por lo bajo repuso Tachana: «Poque lo ició mi mamá.»

Monina, cuyo carácter era en extremo jovial, y que cuando cogía un tema no lo dejaba hasta marear con él á Cristo Padre, prorrumpió en risas, y batiendo palmas y agitando los pies como si también con los pies quisiera expresar su pensamiento, repitió unas veinticinco ó treinta veces:

«Que tú é mi papá... que tú é mi papá.»