Tanta melifluidad puso en guardia á León.
«¡Ah! nos pasan cosas horribles... Se te erizarán los cabellos cuando te cuente, querido hijo... ¿Pero no es verdad que tengo calentura? Mi temperamento delicado y nervioso no resiste á estas emociones. ¡Ojalá no conozcas nunca en tu casa lo que ha pasado estos días en la de tus padres! He venido á contártelo, y ya ves, no sé cómo empezar: tengo miedo, no me atrevo.
—Yo lo comprendo bien—dijo León deseando poner fin al largo preámbulo telleriano.—Ha llegado el momento en que el sistema de trampa adelante se ha hecho insostenible. Todo acababa en el mundo, hasta la mentirosa comedia de los que viven gastando lo que no tienen; llega un día en que los acreedores se cansan, en que los industriales diariamente engañados, los tapiceros, los sastres, los abastecedores al pormenor ponen el grito en el cielo, y ya no piden, sino que toman; ya no murmuran, sino que vociferan.
—Sí, sí—dijo el Marqués cerrando los ojos:—ese día ha llegado. No se quiso hacer caso de mis saludables consejos, y ahí tienes la catástrofe; catástrofe horrible, cuyas consecuencias no puedes figurarte por más que tu imaginación... En una palabra, querido hijo, el embargo está pendiente sobre nuestras cabezas... No siento yo que se lleven los cachivaches que hay en casa y que Milagros ha ido tomando de las tiendas sin pagarlos; lo que siento es el escándalo. Anteayer, un tendero de comestibles que ha ido á casa unas doscientas veces, armó en la escalera un jaleo espantoso. Yo oí desde mi despacho sus horribles denuestos; salí furioso; pero él había bajado ya y continuaba su arenga en medio de la calle. Ayer el dueño del coche se ha negado á servirnos, y no es esto lo peor, sino que me envió una carta insolente... Te la voy á enseñar...
—No, no es preciso—dijo León deteniendo la mano trémula del Marqués, que rebuscaba en los bolsillos.—Ya supongo lo que dirá ese mártir.
—Ayer me citó el juez... Esos impíos tenderos, leñeros, alfombristas, tapiceros y mercachifles de todas clases, han presentado lo menos veinticinco demandas contra mí... ¡Qué horrible es referir estas miserias! Parece que me arden en la boca las palabras con que te lo cuento, y el sonrojo me quema la cara. Dime, ¿no tienes compasión de mí?
—Mucha,—replicó León, realmente lleno de lástima.
—No me defiendo, no—dijo el Marqués con voz melodramática y cerrando los ojos.—Ya se han agotado todos los recursos y se han cerrado todas las puertas. En alhajas no queda ya nada, ni las papeletas del Monte. Un prestamista á quien me dirigí ayer, el único en quien tenía alguna esperanza, porque con los demás no hay que contar ya, me recibió ásperamente, díjome palabras que no quiero recordar, y me despidió de su casa. ¡Oh! ¡Qué horribles confidencias, León! Estoy revolviendo este muladar de miseria y deshonor en que he caído, y me parece mentira que sea yo el que cuente estas cosas, que sea yo, Agustín Luciano de Sudre, Marqués de Tellería, hijo del mejor caballero que vió Extremadura, y heredero de un nombre que atravesó siglos y siglos rodeado de consideración y respeto.
—Es verdad—dijo León con severidad:—parece mentira, y más inverosímil aún es que habiendo sido sacado usted otras veces por manos generosas de ese muladar de vergüenza y miseria, se haya arrojado de nuevo en él.