—Tienes razón... he sido débil; pero yo solo no tengo la culpa—dijo el prócer, humilde como un escolar.—Mis hijos, mi mujer, me han empujado para que caiga más pronto. Y si te contara lo más negro, lo más deshonroso... ¡Ah! León de mi alma, necesito contártelo, aunque estas cosas son de las que sólo se dicen á la almohada sobre que dormimos, y aun diciéndoselo á la almohada se ruboriza uno. A tí no se te puede ocultar nada... Pero es tan duro de decir... Todo lo que hay en mí de esta hidalguía castellana heredada de mis padres, se subleva en mi alma y siento como si una mano me tapara la boca.
—Si no es absolutamente preciso para el objeto de su visita, puede usted callarlo.
—Te lo he de decir, aunque me amarga mucho. Ya sabes que Gustavo tiene relaciones con la San Salomó, relaciones que no quiero calificar. Pues bien: Gustavo... No creo que la idea partiera de Gustavo: creo más bien en sugestiones y astucias de Milagros... No sé cómo decírtelo, no sé qué palabras emplear tratándose de personas de mi familia. En resumen, Pilar San Salomó dió á Gustavo una cantidad, no sé con qué fin; cantidad que se apropió mi bendita mujer, no sé con qué pretexto. Ellos hicieron allá sus arreglos... no sé si hubo promesa de pago, algún documentillo... Mi hijo, que es caballero y se vió comprometido, tuvo una violenta escena con su madre anoche á propósito de ese dinero, y... no puedes figurarte la que se armó en casa. Gustavo y Polito vinieron á las manos; tuve que hacer esfuerzos locos para ponerles en paz... Poco después Gustavo se retiró á su cuarto; corrí tras él sospechando una cosa lamentable, y le sorprendí acercándose una pistola á la sien... Nueva escena, nuevos gritos, con la añadidura de un desmayo de Milagros... ¡Qué noche, hijo mío, qué noche tan horrible! Para colmo de fiesta, los criados, desesperanzados de cobrar, se han ido después de insultarnos en coro llamándonos... no, no lo digo; hay palabras que se resisten á salir de mi boca.»
Detúvose el Marqués desfallecido y jadeante. Gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente, y su pecho se inflamaba y se deprimía como el de quien acaba de soltar un peso enorme. Hubo una pausa que León no quiso de modo alguno cortar. El mismo D. Agustín fué quien evocando el resto de sus gastadas fuerzas, y poniendo la cara más afligida, más dramática, más luctuosa que cabe imaginar, exclamó:
—León, hijo mío, sálvame, sálvame de este conflicto. Si tú no me salvas, moriré, moriremos todos. Salva mi honrado nombre.
—¿De qué modo?—preguntó León fríamente.
—¿No ves mi deshonra?
—Sí; pero veo difícil que pueda evitarla.
—Dime, ¿tendrás valor para ver á tus padres pidiendo limosna?—dijo el suegro apelando á un recurso que creía de efecto.
—Estoy dispuesto á impedir que los padres y los hermanos de mi mujer pidan limosna. Pero si pretende usted que aplaque á sus acreedores, en una palabra, si pretende usted que pague las deudas contraídas por el despilfarro, el desorden y la vanidad, para que luego que estén libres vuelvan la vanidad y el desorden á seguir viviendo y escandalizando, me veré en el caso sensible de responder negativamente. No una, sino varias veces he sacado á usted de atolladeros como éste. Mucho propósito de enmienda, muchos planes de reformas; pero al cabo la enmienda ha sido gastar más. Usted, Milagros y Polito han consumido la cuarta parte de mi fortuna. Basta ya: no puedo más.»