«Yo hablaba como padre,—dijo el Marqués con voz tan tenue que parecía salir del fondo del vaso.
—Y yo hablo como hombre herido en lo más delicado de su alma, como marido expatriado de su hogar por una Inquisición de hielo, y lanzado á las soledades del celibato de hecho por un fanatismo brutal y una fe sin entrañas. Esas leyes morales de que usted me hablaba me condenarán á mí, lo sé, y me condenarán por lo que llaman ridículamente mi ateísmo, cuando los verdaderos ateos, los materialistas empedernidos son ellos, son esos que se visten toga de juez para acusarme, lo mismo que se vestirían el saco de Pierrot para bailar en un sarao. Aunque no les creo dignos de recibir una explicación mía, sepan que soy víctima, no el verdugo, y que estoy decidido á no respetar, como hasta aquí, los dictámenes de los hipócritas, ni las sentencias de los corrompidos. Yo obraré por cuenta mía, yo sé dónde están las verdaderas, las inmutables leyes: no haré caso de formulillas ni de recetas. ¡Qué placer tan grande despreciar, no ya secreta, sino públicamente, lo que no merece ningún respeto: ese tribunal, esa sentencia fabricada con el voto y con los pareceres de todos los despojados de sentido moral, de los concusionarios, de los hipócritas, de los pródigos, de los holgazanes, de los mojigatos viciosos, de los viejos amancebados, de las mujeres locas, de los jóvenes decrépitos, de los negociantes en fondos públicos y en conciencias privadas, de los que quieren ser personajes y sólo son jimias, de los que todo lo venden, hasta el honor, y de los que no se venden porque no hay quien los quiera comprar, de los que se dan aires de gravedad sacerdotal, siendo seglares, y son un verdadero saco de podredumbre con figura humana!... Allá se queden esos... yo me aparto, me retiro solo dejando á mi desgraciada esposa lejos de mí, por su voluntad, no por la mía. Miraré desde fuera ese espectáculo edificante. Allá se entiendan... Vivan al día; gasten lo que no tienen; hagan novenas; reciban coronas y alabanzas los adúlteros; repártase el dinero de la riqueza territorial entre los sacristanes y las bailarinas; púdranse las familias y acaben en generaciones de engendros raquíticos; hagan de las cosas más serias de la vida un juego frívolo, y conservando en sus almas un desdén absoluto á la virtud, á la verdadera piedad, invoquen con su lenguaje campanudo una moral que desconocen y un Dios que niegan con sus actos. ¡Ateos ellos, á menos que Dios no sea un vocablo cómodo! ¡Ateos ellos mil veces, que miden la grandeza de los fines divinos por la pequeñez y la impureza de sus corazones de cieno!»
El ardor de sus palabras había secado su boca. Tomó el vaso que estaba sobre la mesa, aquel mismo vaso en que el Marqués hubiera querido meterse, y bebió un sorbo de agua. El infeliz acusado se había empequeñecido tanto, que ya no miraba al vaso, sino á una cajilla de cartón, y parecía decir: «¡Qué bien estaría yo ahora dentro de esa caja de fósforos!»
Como buen cortesano y dueño absoluto de una multitud de conceptos comunes para todas las ocasiones, aun las más críticas, Tellería halló el modo de decir alguna palabra que le sirviese para disimular la gran confusión en que estaba.
«No te seguiré por ese camino—dijo estirando el cuerpo y ahuecando la voz.—No imitaré tu lenguaje violento. Yo he invocado las leyes morales y las invocaré siempre en este asunto... Insisto en lo inexplicable del desaire que has hecho á María, esposa fiel y honrada; insisto en lo misterioso de tu separación. Yo no puedo ver en eso un hecho ocasionado simplemente por el fanatismo de María; yo sospecho que tú...»
El Marqués se detuvo. Oyóse la voz de Tachana llorando. Ella y Monina se habían metido en un rincón detrás de una silla, al través de cuyos palos contemplaban llenas de susto á los dos hombres que tan acerbamente discutían. Cansadas al fin del escondite, empezaron á reñir una con otra. Ramona dió un bofetón á su compañera.
«¿Qué niñas son éstas?—dijo el Marqués vivamente.—¿No es aquella rubia la nietecilla del Marqués de Fúcar, la hija de Pepa?...
—Sí. Monina, ven acá.
—¿No está aquí Suertebella?
—Aquí cerca.