—Ya...»

El Marqués se levantó. Tenía su idea. Aquel hombre, tardo en el juicio, y que rara vez podía gloriarse de ser propietario de un pensamiento, pues pensaba con la lógica ajena, así como hablaba con las frases hechas, sintió su lóbrego cerebro invadido por una luz extraña. ¡Oh! Sí: él, él también tenía su idea, y no la cambiara por otra alguna.

«Adiós,—dijo secamente á su yerno, poniendo una cara muy seria, tan exageradamente seria que parecía cómica.

—Pues adiós,—replicó León con calma.

—Nos volveremos á ver y hablaremos de las leyes morales—añadió D. Agustín.—Hablaremos también de la desgracia de mi hija, del abandono de mi hija, del honor de mi hija. Esto es muy serio.»

Y se crecía, se crecía de tal modo, que ya no cabía en la cajilla, ni en el vaso, ni en el sillón, y hasta el cuarto parecíale pequeño para contener su gigantesca talla.

«Hablaremos ahora.

—No... necesito calma, mucha calma. Mi hija debe ponerse al amparo de las leyes. Voy á comunicar mi pensamiento á la familia... El asunto es gravísimo. ¡Mi honor!...

—¡Ah! Su honor de usted—dijo León riendo.—Bien: le buscaremos, y cuando parezca, hablaremos de él... Adiós.»

Tellería se retiró. Aunque apenadísimo por el mal éxito de su tentativa pecuniaria, se sentía orgulloso, hinchado. Algo muy grande sentía dentro de sí que dilatándose le hacía crecer de tal modo, que ya no cabía en la escalera, ni en el portal, casi no cabía en la calle, ni en el campo, ni en el universo. Era su idea, que entró casi invisible y crecía dentro, sugiriéndole con fecundidad asombrosa otras mil ideas subordinadas, las cuales le halagaban, poniéndole á él muy alto y á los demás muy bajos. Qué bueno es tener una idea, sobre todo cuando esa idea nos consuela de nuestra infamia con la infamia de los demás, haciéndonos exclamar con orgullo: