«Señor sabio, también los ignorantes depravados fijan su mirada en el porvenir; también forman sus planes, no con matemáticas, pero quizás con más garantía de seguridad que los hombres prácticos. Digamos, entre paréntesis, que el burro es un animal práctico... No condenan el matrimonio: al contrario, le consideran necesario para el adelantamiento de las sociedades y el perfeccionamiento de las condiciones...»
Dió otras dos vueltas y añadió:
«De las condiciones del individuo. Ya comprenderás lo que quiero decir... Por acá no somos sabios, ni después de enamorarnos como cadetes hacemos un estudio exegético de las cualidades de las dignas hembras que van á ser nuestras mujeres... no aspiramos tampoco á fabricar caracteres: esta manufactura la tomamos como está hecha por Dios ó por el Demonio. Eso de casarse para ser maestro de escuela, es del peor gusto. A otra cosa más que al carácter debemos atender en estos apocalípticos tiempos que corren. La desigualdad de fortuna entre los seres creados, y el desgraciado sino con que algunos han nacido; el desequilibrio entre lo que uno vale y los medios materiales que necesita para luchar con y por la vida, ¡oh! el pícaro struggle for life de los transformistas, es mi pesadilla... la falta de trabajo que hay en este maldito país, y la imposibilidad de ganar dinero sin tener dinero... ¿oyes lo que digo?... pues estas causas todas y otras más nos obligan á considerar antes que el mérito de nuestras futuras...
—¿Qué?...»
Cimarra hizo con los dedos un signo muy común, diciendo: «El trigo...»
Como se ve, de su agraciada boca afluía el lenguaje complejo de ciertos jóvenes del día, y mezclaba el idioma de los oradores con el de los tahures, las elegantes citas en habla extranjera con los vocablos blasfemantes que aquí no se pueden decir...
«La vida moderna—añadió,—se hace cada vez más difícil; los ricos como tú pueden echarse á volar por el mundo de las moralidades y no poner en su corazón deseo que no sea puro, ni tener pensamiento que no sea la quinta esencia del éter más delicado. Pero no hay que exagerar, como dice Fúcar. Yo sostengo que eso que los tontos llaman el vil metal, puede ser un gran elemento de moralidad. Yo, por ejemplo...
—¡Tú! ¿de qué eres ejemplo tú?...
—Yo... quiero decir que hallándome en posesión de una fortuna, sería un modelo de patricios, y quizás pasaría á la posteridad con el calificativo de ilustre. ¿Pues no es ya frase de cajón, frase hecha, llamar ilustre á D. Francisco Cucúrbitas?
—Aunque quieras disimularlo, en tí hay un resto de pudor—le dijo Roch.—Tu relajación no es tanta como quieres hacer creer.