—Todo es al respetive, como dice, siempre que bromea, mi amigo Fontán—repuso Cimarra alzando los hombros.—No se puede juzgar así, tan á la ligera, á un hombre que vive entre ricos y es pobre. Fíjate bien en esto. A tí se te puede hablar con franqueza. Mis proyectos no son todavía más que anteproyectos, querido... allá veremos... se me figura que he empezado bien. El tiempo lo dirá. Puede que algún día, cuando vivas olvidado de mi en medio de tu felicidad de marido pedagogo, oigas decir que este perdido de Cimarra se ha casado. A eso vamos, á eso marchamos. Este pobre tiene también sus planes y sus filosofías. Todos somos galápagos, y otros tienen más conchas que yo... No creas que me desentiendo de las prendas morales de mi mujer; y estoy seguro de que no me caso con un monstruo. Habrá honradez, señor sabio; habrá honradez, hijos y hasta nietos.

—¿Has elegido?

—He elegido... Te advierto que no doy gran valor á la belleza física. Los hombres superiores no se dejan seducir y enloquecer como tú por unos ojos más ó menos grandes y una boca que luego han de afear los años... La hermosura tan sólo vive ¡ay! como dijo el poeta, l’espace d’un matin... Hay un conjunto agradable y simpático, maneras distinguidas, cierta discreción, cierta travesura agradable, chiste y hasta sandunga... De educación no estamos bien; pero no pensamos poner cátedra... Hay mucho bueno, algo que no lo es tanto; abundan las genialidades tontas, los caprichos, los hábitos de despilfarro...»

León palideció, fijando en su amigo una mirada ávida.

«A mí me importa poco que rompa platos que no valen nada, que haga pedazos un cuadro de Murillo, que haga picadillo de encajes... Hay cosas en que los maridos no deben meterse.»

Roch miró con estupidez el hule verde de la mesa en que apoyaba sus codos.

«¡Hombre, cómo se va el tiempo!...—dijo bruscamente, levantándose y abriendo la ventana.—¡Si es de día!...»

La claridad de la mañana entró en la sala. Iluminados por aquélla, los dos rostros aparecieron melancólicos y pálidos. La luz de la lámpara brillaba aún lacrimosamente dentro del tubo y alargaba fuera una lengüeta negra, delgada, hedionda.

«¡Qué vida para reparar la salud!» dijo León. Miró luego por la ventana el cielo turbio y lloroso, cuya tristeza servía de cuadro sombrío á la tristeza de los dos trasnochadores. León empleó un rato en la contemplación vaga de que apenas se da cuenta el espíritu en horas de cansancio y que fluctúa entre el sueño y la pena, no siéndonos posible decir si dormimos ó padecemos. En aquel momento Federico halló en su amigo un aspecto excesivamente triste, pues todo en él era negro, la ropa y la barba; y su hermosa fisonomía, de un moreno subido, tenía cierto tinte acardenalado, á causa del insomnio. Su ancha frente, llena de majestad, mas revelando brumosas cavilaciones, dominaba su persona como un cielo cerrado y opaco que guarda en sí la luz y sólo muestra las nubes.