—Creo que exagera usted un poco. El Marqués gusta de divertirse... es gusto muy general entre las personas que no tienen nada que hacer.

—No, no, no le defiendas. La conducta de Agustín es indefendible... ¡A su edad!... Lo extraño es que en sus mejores tiempos ha sido un hombre recogido, prudente, callado y metido en casa. Créelo: me repugna ver al Marqués hecho un viejo verde. Y no es otra cosa; aquí le tienes pintado en dos palabras: un viejo verde. Hace dos años, casi desde que te casaste con mi hija, mi querido esposo empezó á frecuentar el Círculo de los muchachos; tropezó con algunos mozalbetes que le enloquecieron, cambió de lenguaje, de modo de vestir, trasnochó, jugó... ¿Pero tú no notas que hasta parece rejuvenecido? ¿No te hace reir, confiésalo con franqueza, su empeño de parecer pollo? Le verás siempre en las cuadrillas de muchachuelos que mariposean por Madrid... De veras es cómico... Siempre le tienes de flor en el ojal... Esta mañana le he dicho algunas verdades un poco duras. Yo no sé cómo se las compondrá él con su sastre, porque es un gasto de ropa que abruma... Aquí en la confianza de la familia, se puede decir todo, León. Mi buen marido gasta lo que no tiene ni puede tener en toda su vida. Nunca fué ordenado, pero tampoco disipador; jamás escribió un número en un pedazo de papel, pero tampoco se dejó arrastrar por el afán de un lujo imposible... ¿Y quién es la víctima de esto? Yo, yo, que habiéndome sacrificado siempre, debo sacrificarme también ahora, cuando mi salud está quebrantada y necesito sosiego, descanso, paz. ¡Ay! ¡cuánto envidio á la que reina en esta casa! ¡Con cuánto gusto aceptaría un rincón en ella, aunque fuera el más humilde!... Es un tormento mi vida. Agustín gasta lo que no tiene; Gustavo es formal y bueno, pero muy poco apegado á sus padres; Leopoldo no es ni será nunca nada, por su ineptitud y esos hábitos de ociosidad y disipación adquiridos á pesar de mis esfuerzos para evitarlo. Y gracias que el Señor, al paso que me da tales pruebas de sus rigores, me las da por otro lado clarísimas de su misericordia... ¡Qué orgullo tan grande para una madre tener dos hijos como Luis Gonzaga y María, aquél tan profundamente apegado á su carrera eclesiástica que será, según me dicen los Padres, un verdadero santo; ésta casada contigo, feliz contigo, ofreciendo contigo un modelo de matrimonios pacíficos y en completa armonía! ¡Lástima que no tengáis hijos!»

Al llegar aquí, la Marquesa, dejándose llevar de su sentimiento, dió libertad á algunas lágrimas que no llegaron á rodar por sus mejillas: tan prontamente las atajó secándolas con su pañuelo. Después siguió exponiendo las penas que afligían su corazón de esposa y de madre. Según dijo, había padecido mucho por el carácter ligero del Marqués y la condición díscola ó superficial de Gustavo y Leopoldo; había consumido su juventud y lo mejor de su vida en esfuerzos heróicos para evitar el hundimiento de la casa de Tellería; había sacrificado para este fin importantísima parte de su dote, que no era un grano de anís; pero reservaba lo mejor, sí, y lo reservaría aunque los chicoleos juveniles del Marqués y los extravíos de sus hijos llegasen al último extremo. Ella no podía exponerse á una vejez de miseria humillante, ni á vivir de la limosna de su hija, casada con un hombre rico: sus hábitos, sus principios, su dignidad, no le permitían sacrificar tampoco lo mejor de su dote al hombre imprudente que había esparcido por las mesas verdes de los casinos y por los cuartos de las bailarinas el patrimonio de Tellería... ¡Y si ella lo dijese todo, si ella revelase lo más negro...!

«Sí, lo revelaré... á tí se te puede decir todo—añadió mirando á su yerno con cierto éxtasis.—No sólo tienes el deber, sino el derecho de conocer las debilidades de tus padres... Me han dicho que el Marqués está enredado con... la habrás visto, habrás oído hablar de ella... esa que llaman la Paca ó la Paquira... no vale nada, pero es graciosa y elegante. Le comió al Duque de Florunda lo poco que le quedaba... Figúrate tú ese mamarracho de Agustín, que casi está con un pie en el sepulcro... Esto más que ira da compasión, ¿no es verdad?»

León meditaba.

«¿En qué piensas, hijo?

—En que la virtud cardinal del matrimonio es la paciencia.

—Eso quiere decir que sufra y aguante... ¡Pero si mi vida ha sido un puro martirio!... Yo seguiría resistiendo si los despilfarros y las locuras de Agustín no me trajeran compromisos graves que tocan al buen nombre de nuestra casa. Estoy apuradísima... ¿qué crees? ¡Oh! Siento mucho decirte que no puedo darte los sesenta mil reales que me prestaste y que yo debía devolverte este mes como convinimos.

—No importa—dijo León deseando cortar delicadamente aquel asunto.—No se ocupe usted de eso.

—Es que no sólo no puedo darte aquellos tres mil duros, sino que me hacen falta otros tres mil.