—Tampoco importa: los tendrá usted.

—¡Otros tres mil! Esto es horrible. ¡Cómo abuso de tu bondad!... Será la última vez, porque estoy decidida á montar la casa con un régimen muy estrecho... Yo te doy garantías con mi casa de Corrales de Arriba.

—No es preciso garantía... Repito...

—¡Gracias, gracias!... ¡Eres tan buen hijo!... ¡te quiero tanto!... ¿Cómo te pagaré?...—dijo la Marquesa visiblemente trastornada por una emoción verdadera.—No creas: también tú tienes que agradecerme. Me ocupo de tí, de tu bien, y algunas veces me apresuro á quitar de en medio alguna nubecilla que pueda dar sombra á tu felicidad. Anoche reñí con tu mujer.

—¿Con María?

—Con María, sí: también ella tiene sus defectos, aunque defectos que, según dicen, no son otra cosa que exageración de las virtudes. Ya sabes que es muy religiosa, excesivamente religiosa. Hace tiempo comprendí que por este motivo de la religión habría en vuestro hogar algunos disgustillos.»

León dió un suspiro.

«Algunos—indicó;—pero no graves.

—Vamos, no vengas á quitar importancia á vuestras desazones—dijo la Marquesa, contrariada de que León suavizase lo que á ella le convenía endurecer.—La pobre muchacha te quiere ciegamente; su amor está sobre todo; pero le atormenta mucho tu fama de ateo. Ya sabes que los pensamientos de mi hija son indóciles é indomesticables como las fieras del desierto.»