León hizo con la cabeza un triste signo que indicaba una respuesta afirmativa más triste aún.

«Pase que no vea con gusto tu irreligiosidad... Eso es natural... Nos han enseñado una fe, y en ella debemos vivir y morir. Pero que llore y se desespere porque no vas todos los días á la iglesia como ella, ni confiesas cada mes, ni gastas tu dinero en bobadas... vamos, esto es ridículo. ¡Cuánto le he predicado anoche!... ¿qué crees?... me enfadé, le reñí, golpeé en su cabeza dura como se golpea en un yunque, y al fin...

—¿Y al fin?...

—La convencí, sí, la convencí de que no se puede exigir á los hombres ciertas prácticas, que si en nosotras están bien, en ellos serían ridículas, ferozmente ridículas. Buen trote llevan los hombres del día para que se les quiera meter en las iglesias. Yo digo una cosa: María empleando su tiempo en devociones, y tú gastándolo en tus estudios, podéis ser muy felices. ¿A qué entrar en honduras? ¿Acaso tú le impides que rece todo lo que quiera? Los hombres de hoy tienen sus ideas, y no es posible luchar con ellos. Nadie hay más religiosa que yo; pero no quiero meterme en cosas que no entiendo. Las mujeres no somos sabias: creemos y creemos y creemos. Un matrimonio que se desavenga por esto, me parece el colmo de la tontería... ¿Pero no sabes su pretensión? Aspira nada menos que á convertirte, á hacerte aborrecer tus ideas y adorar las suyas... Vamos, no pude tener la risa cuando le oí esto. ¿Sabes qué dice? Que su mayor gozo sería quemarte todos los libros que tienes aquí... ¡Qué lástima! ¡unas encuadernaciones tan bonitas!... Buen cuidado me daría á mí de que mi esposo no me imitara en mis devociones, con tal de que me amase mucho y no amase á ninguna más que á mí... ¡Celos de los libros! jamás. Eso es de mujeres tontas. No puedes figurarte con qué fuerza le hablé: le dije que tú eras el hombre mejor de la tierra... Ella convenía en esto; pero... nunca le faltaban peros. Le dije que vales más que ella, infinitamente más que ella; que eso del ateísmo es un fantasma; que aunque se habla de ateos, no hay tales ateos, así como se hablaba antes de las brujas á pesar de no existir tales brujas. Le dije que no pensara en esa sandez de convertirte, y que lo mejor que podía hacer para tener paz perpetua en su casa, era aflojar un poco en su monomanía, ¿no te parece?... Quizás le convenga mudar de confesor, ¿no te parece?... En esto debe imitarme. Yo soy muy religiosa; cumplo fielmente todos los preceptos; contribuyo al culto con lo que puedo; pero nada más. ¿No crees que mi hija deba imitarme?»

León no contestó nada. Estaba taciturno y abstraído. Bruscamente echó de sí una idea lúgubre, como quien espanta un abejón que zumba, y mirando á su suegra, le dijo:

«Hoy mandaré á usted los sesenta mil reales.

—¡Ah! ¿te ocupabas de eso?—repuso la Marquesa, cuyo semblante parecía que con la irradiación del gozo se ponía fosforescente.—Bueno: mándalo, te daré el recibo... ¡Pero cómo me estoy aquí charla que charla! Con tu buena compañía me olvido de que tengo prisa, mucha prisa, muchísima. ¡Las once!... ¡Voy á perder la misa!...»

Levantóse apresuradamente y dió la mano á su yerno.

«El Padre Paoletti predica hoy... Adiós... Corro á San Prudencio. ¿Qué quieres para tu mujer? Le diré que venga pronto á casa, que estás muy solo. Abur, abur.»