«¿Te dedicas también á la Historia Natural?—dijo éste con expresión de tolerancia.—Esa parece ser la ciencia del día, la ciencia del materialismo. ¡Bonito servicio estáis haciendo al género humano, arrancándole sus venerandas creencias, para darle un cambio... ¿qué?... la famosa hipótesis de que somos primos hermanos de los monos del Retiro!»
Rióse con pueril carcajada de su propia ocurrencia, y después echó una ojeada sobre los estantes de libros.
«¿Sabes—dijo súbitamente,—que soy ponente de la Comisión que ha de dar informe sobre la Ley de vagos?
—Darán ustedes un informe brillante.
—¡Oh! es cuestión delicada—añadió el Marqués, echándose atrás en la mecedora, de modo que se quedó mirando al cielo y con los pies en el aire;—es la cuestión madre. Yo le he dicho varias veces al Presidente del Consejo: «Mientras no tengamos una buena Ley de vagos, no hay que pensar en una buena política.» Hay que ir al fondo de las cosas, á las causas fundamentales, ¿no te parece? De la multitud de holgazanes y gentes de mal vivir, cesantes hambrientos y pillastres que aguardan las revueltas públicas para hacer su agosto, proviene el malestar en que vivimos. Bárreme toda esa inmundicia y te respondo del orden social.
—Muy bien pensado—dijo León.—Barrer, barrer es lo que importa.
—¡Ah! lo malo es que no puedo dedicar á la Comisión todo el tiempo que deseara. Estoy muy ocupado. Y á propósito, querido León, tengo que hablarte de un negocio.»
Había llegado al punto que era objeto de su visita; pero abordándolo con grandísimo interés, que hacía palpitar su corazón, lo disimulaba expertamente. No podían faltar á aquel hombre enteco emociones íntimas y donosura cortesana para velarlas.
«Ya sabes que soy consejero de Administración del Banco de Agricultores. Es una empresa grande, patriótica. Hemos de levantar el crédito territorial del abismo en que yace.»
Esta y otras frases de suelto financiero andaban por la boca del Marqués de Tellería como Pedro por su casa. Dijo después varias cosas jamás oídas, á saber: que España es esencialmente agrícola; que la riqueza agrícola no puede desarrollarse por falta de capitales; que los capitales existen... ¿pues no han de existir?... pero que es preciso reunirlos, encauzarlos, distribuirlos convenientemente para que fertilicen... para que beneficien... para que fecunden... El Marqués no pudo acabar la frase, que por ser de su invención y no del repertorio, se le atascó. El Banco de Agricultores estaba íntimamente ligado á la gran compañía inglesa Spanish Phosphate Limited, destinada á hacer una transformación en nuestro país... Era una idea estupenda. ¡Capitales, abonos! He aquí los dos polos del eje sobre que ha de girar la regeneración agrícola del país. (Esta también era frase de prospecto.) El Marqués concluyó la arenga diciendo con aparente indiferencia: