«¿Qué te parece? ¿Colocarás parte de tus capitales en nuestras acciones?

—Necesito mi capital para vivir,—dijo León con fingida inocencia.

—¡Hombre!...»

León le dijo algo tan crudo sobre ciertas sociedades, que el Marqués perdió de súbito aquel colorete enfermizo que teñía sus mejillas y parte de su nariz, un no sé qué purpúreo como zumo de moras, que eclipsándose ó apareciendo en su cara, expresaba los distintos afectos de su alma. Después de una pausa, durante la cual empeñóse en dar á las guías de su bigote blanquinegro el aspecto terrorífico de las astas de un toro, se levantó y se puso á observar los objetos de Historia Natural. «Bien: no hay más que hablar de este asunto,» murmuró.

Siguió observando, revolviendo, tocando aquí y allí, cogiendo algunos objetos para acercarlos á sus ojos, y adaptando después uno de éstos al ocular del microscopio, para decir con el singular orgullo de sí misma que caracteriza á la ignorancia:

«Pues yo no veo nada... Yo no sirvo para esto... Gracias... que te aproveche tu microscopio. Dime, ¿y con esto ven ustedes el alma?... ¡Ya! como no la ven, sostienen que no existe.»

Y antes que su yerno le diese contestación, fuese á él, parósele delante, le miró un buen rato, y moviendo la cabeza, le dijo:

«Estoy pensando que á mi pobre hija no le falta razón para quejarse... No es esto decir que no seas un bendito, León; pero vamos á cuentas. Ella tiene sus creencias; tú tienes las tuyas; mejor dicho, no tienes ninguna. Tu falta de religiosidad y tu desdén por las venerandas creencias del pueblo español la ofenden, la lastiman, la afligen sobremanera. Querido—añadió poniéndole la mano en la frente con apariencias de cariño,—recuerda que el pueblo español es eminentemente religioso. Pues qué, León, ¿estamos aquí en Alemania, país de las locas utopias

León dijo algo.

«No, no, no basta que la dejes en libertad—replicóle Tellería con viveza.—Es preciso que tú hagas algo. Tienes una fama de ateo que espanta. Yo... te soy franco: más querría perder mi posición y mi nombre en el mundo, que tener esa fama de ateísmo que tú mismo te has ganado. Comprendo las angustias de María: ella es religiosa; parece que, nacidos de un mismo vientre su hermano y ella, nacieron para ser santos... ¡Y concluirá por tenerte horror, y te aborrecerá, y no querrá vivir contigo...! Y si así sucede, tuya será la culpa por haberte significado demasiado en tus obras. Hombre, el que más y el que menos todos tenemos nuestra levadurilla de herejía... es decir, yo no tengo nada, yo soy ortodoxo hasta la médula; á mí no me vengan con filosofismos... Lo que hay es que todos, aun siendo creyentes, cumplimos mal, nos descuidamos; pero somos prudentes, tenemos tacto, guardamos las apariencias... consideramos que vivimos en un pueblo eminentemente religioso... recordamos que las clases populares necesitan de nuestro ejemplo para no extraviarse. Aquí no estamos en Alemania. ¡Oh! te juro que aborrezco las utopias. El pueblo español tendrá muchos defectos, pero jamás ultrajará lo que ha sido causa de su gloria y del respeto que infundió á propios y extraños. Por encima de nuestras miserias descollará siempre la hidalguía castellana, para...»