El noble señor no pudo concluir su frase, porque León le interrumpió hablándole con viveza y energía. Oyóse durante largo rato la voz de uno y otro, y allá en la pieza lejana donde cantaban los pájaros, María y su hermano Leopoldo suspendieron su conversación para prestar oído al rumor parlamentario que del despacho venía.
«Estos malditos pájaros no dejan oir una palabra—dijo el mancebo.—¿Oyes, María? Papá y tu señor disputan. ¡Qué ganas de perder el tiempo!»
María puso atención después de decir á los pájaros con acento de enojo: «Callad, tontos.»
Poco después un brusco movimiento de la cortina dió paso á los bigotes corniformes del Marqués, á su cara, en la cual la gravedad se hermanaba con el humorismo, como si en ella quisiera poner Naturaleza un ejemplo vivo del eterno y capital dualismo del arte.
«Ya lo sabes—dijo con voz agridulce, entre serio y festivo.—Yo soy un hipócrita, un vividor... Tu caro esposo me lo ha dicho con buenas palabras... Un vividor, un hipócrita... sí, eso ha querido decir.»
Y dió un beso á su hija.
«Positivamente—añadió,—la cabeza de León está un tanto perturbada... ¡Lástima grande, porque es un guapo chico!... Estos malditos pájaros no dejan hablar.
—Callad, tontos.»
¡Con cuánto ardor toman ellos parte en las disputas de los hombres! Entre los conceptos de la conversación acalorada ó apacible, arrojan sus notas para ahogar las disputas humanas en una lluvia de alegría.
Mucho se habló después; pero las avecillas no dejaban oir. El lector tendrá paciencia para esperar á que callen los pájaros.