—De tí acepto tu afecto, que creo sincero; tu respeto á mis creencias siempre que sea verdad; tu apoyo material; ¡pero tus ideas, tus consejos...!»

Dijo esto María con tal rigor de expresión y tal brillo de desdén en sus deslumbradores ojos gatunos, que León sintió el frío de una espada en su corazón oprimido.

«¡Nada mío!—murmuró, dejando caer sus miradas al suelo como quien desea morir.

—Nada que venga de tu razón soberbia y extraviada; nada que pueda contaminarme de tu filosofía diabólica,» añadió María, hundiendo su espada hasta la empuñadura. Después de una pausa, León, exhalando un suspiro tan grande como su paciencia, la miró pálido y alterado.

«¿Quién te ha dicho eso?—le preguntó.

—Eso no te importa—replicó María, palideciendo también, mas sin perder su valor.—Ya te he dicho que como sincera católica no me creo obligada á dar cuenta á un ateo de los secretos de mi conciencia religiosa, en lo que se refiere á mis prácticas de piedad. Sabe que te soy fiel; que ni con hecho, ni con intención, ni con pensamiento he faltado al juramento que junto al altar te hice. Basta: con esto acaba mi sinceridad de esposa; es toda la confianza que puedes esperar de mí. Aquella parte de la conciencia que pertenece á Dios, no pretendas explorarla: es un reino sagrado en el que te está prohibido entrar... No me hagas la necia pregunta «¿quién te ha dicho eso?» porque no tienes derecho á recibir contestación.

—Ni la necesito—dijo él.—No tuve jamás la idea de alarmarme porque mi mujer se acercase al confesonario una ó dos ó tres veces al año para decir sus pecados y pedir perdón de ellos conforme á su creencia; pero esto tiene su corruptela, y la corruptela de esto consiste en llevar la dirección espiritual por tortuosos caminos, con cátedra diaria, consultas asiduas y constante secreteo, sostenido de una parte por los escrúpulos de la candidez y de otra por la curiosidad imprudente de quien no tiene familia.

—No, tonto—dijo María irónicamente:—mejor será que yo busque reglas y buenas ideas para mi conciencia en la dirección espiritual de tus tertulias ateas... Por cierto que ya causa enfado la ligereza con que algunos de tus amigos hablan aquí de asuntos religiosos. Te he dicho hace tiempo que nuestras reuniones me iban pareciendo una ostentación escandalosa de malos principios, y al fin llegará un día en que me resista resueltamente á presentarme en ellas. No niego que sean muy respetables algunos de los que vienen á casa; pero otros no lo son: conozco las ideas de algunos.

—¿Quién te las ha dicho?—preguntó León vivamente.