—No sé... Lo que digo es que me he cansado de ser complaciente, de disimular mi disgusto en presencia de hombres que han escrito ciertas cosas, de otros que las han dicho públicamente, de otros, en fin, que no las han dicho ni las han escrito... pero yo sé que las piensan, yo lo sé.

—Mucho sabes tú... Veo que ya se ha fulminado la sentencia contra nuestras tertulias. Detrás de esa sentencia vendrán otras.»

Y por una aberración natural del dolor que suele quebrarse en su curso sombrío, estallando é iluminándose con el brillo engañoso de un júbilo apócrifo, León rompió á reir.

«Pues sí: tus tertulias son muy cargantes—dijo María algo turbada.—Son muy perjudiciales, porque entre una frase política, otra de música, otra sobre inventos y alguna sobre historia, ello es que nuestro salón es una cátedra de ateísmo.

—Sería una cátedra de buenas costumbres si se bailara y se murmurara. En mi salón no se hablado nunca de ateísmo ni cosa que lo valga. ¡Reposa en paz, oh conciencia pura, conciencia infantil! ¡Feliz criatura, que piensas cumplir tus deberes con la práctica externa llevada hasta el desenfreno y adorando con fervor supersticioso las palabras, la forma, el objeto, la rutina, mientras tu alma sola, fría, inactiva, sin dolores ni alegrías, sin lucha y sin victoria, se adormece en sí misma en medio de ese murmullo de sermones, de toques de órgano y del roce de vestidos de seda que entran y salen!... ¡Te crees perfecta, y ni aun tienes el mérito de la vacilación contenida, de la duda sofocada, de la tentación vencida, del placer sacrificado! ¡Qué fácil y cómoda santidad la de estos tiempos!... Antes el lanzarse á la devoción significaba renuncia pronta y radical de todos los goces, abdicación completa de la personalidad, odio á las glorias vanas del mundo, desprecio de la riqueza, del lujo, de las comodidades, para quedarse en los puros huesos y espiritualizarse y poder pensar mejor en las cosas del Cielo; significaba el vivir absolutamente la vida del espíritu hasta el delirio, hasta la embriaguez, y el rico envidiaba al pobre, el sano pedía á Dios que le enfermase, y el limpio quería cubrirse de asquerosas llagas. Esto era una aberración si se quiere, mas era grande, sublime, porque la abnegación y la humildad son las virtudes que menos se desvirtúan por la exageración; esto era como un suicidio, el único suicidio disculpable, el delirio, la enfermedad del sacrificio; pero ahora...»

León dirigió á su mujer una mirada abrumadora de elocuencia y desdén.

«Pero ahora... las reglas de la beatitud exigen óbolos abundantes, eso sí; exigen asistencia metódica á los templos, ceremonias ostentosas; pero se trata á las personas según su rango: al pobre como pobre, al rico como rico, es decir, permitiéndole que lo sea, siempre que no niegue su ayuda á ciertos intereses. Sí: las devotas de hoy asisten al culto, se mortifican en cómodas sillas-reclinatorios, rezan sobre cojines y limpian con sus colas el polvo de las iglesias. No se les pide más que la mañana; y las noches son libres para bailar, ir al teatro, cubrirse de piedras y de raso, asistir á las tertulias y banquetes de los ricos, aunque sean judíos ó protestantes, ostentarse en los paseos, acicalar y perfeccionar con el arte su belleza para perder á los hombres... ¿pero qué importa? Satanás se ha vuelto tonto... ha transigido, está viejo ya, y no sabe lo que hace.

—¡Qué groseras burlas!—dijo María algo confusa.—Según tú, yo estoy en pecado mortal porque visto bien, voy al teatro... Parece que hablas de lo que no entiendes. Estos ateos son la gente más tonta del mundo.»

No estaba enojada: prueba de ello es que con un movimiento cariñoso pasó la mano por la barba de su marido.