«Tú vendrás al lado mío—le dijo,—y serás católico ferviente, como yo, y me acompañarás en mis dulcísimas prácticas religiosas...

—¿Yo?

—Sí, tú. Tú vendrás á mí. ¡Qué feliz seré entonces!... ¡Te quiero tanto!...»

¡Y qué hermosa estaba, qué hermosa! León sentía sobre sí el efecto irresistible de belleza tan acabada en rostro y figura, de aquellos ojos en que algo se veía semejante á la inmensidad turbada y resplandeciente del mar, cuando se mira el fondo para descubrir un objeto perdido. Separóse de él María, y en pie delante de un espejo, alzó las manos para soltarse el cabello. Las guedejas negras cayeron sobre sus hombros, que no podían compararse propiamente al frío mármol, sino á la más hermosa carne humana, pues también hay carne de Paros; á eso que el misticismo llama barro y ha servido al divino Artífice para tallar ciertas estatuas mortales que parece no necesitan de un alma para tener vida y hermosura.

«¡Qué linda!—exclamó Roch, hundido en su sillón como un estúpido,—¡Cada vez más linda!»

Después de culebrear en derredor del espejo, María entró en su alcoba. León puso su cabeza entre las manos y estuvo meditando largo rato. Tenía fiebre. Después se levantó airado consigo mismo ó contra alguien.

«¡Necio de mí!—exclamó con su voz más íntima.—Una esposa cristiana quería yo, no una odalisca mojigata.»


XV
Un convenio como los que la diplomacia llama «modus vivendi.»