Pasó un rato. De pronto, María lanzó un grito agudo, desgarrador. León fué corriendo á la alcoba y vió á su mujer incorporada en el lecho, con los brazos tendidos, los ojos extraviados.
«León, León—dijo con espanto.—¿Eres tú? ¿dónde estás? ¡Ah! ya te veo... Abrázame... ¡Qué horrible pesadilla!»
León procuró tranquilizarla, y no tardó la dama en sosegarse con la apreciación de la realidad, medicina de los desvaríos de la imaginación.
«¡Qué sueño!... Figúrate... soñé que te habías muerto y que desde lo más hondo de un hoyo negro me estabas mirando, mirando, y tenías una cara...! Después aquello pasó... Estabas vivo; querías á otra... Yo no quiero que quieras á otra.»
Encadenó con sus brazos el cuello de su marido. «¿Qué hora es?—preguntó.
—Tarde. Duerme otra vez, que ya no tendrás más pesadillas.
—Y tú, ¿no duermes?
—No tengo sueño.
—Entonces vas á velar toda la noche. ¿Qué haces? ¿Lees?